Las zonas en sombra

Todo en la vida tiene dos caras, absolutamente todo. Sumergidos como estamos en una crisis tan profunda, los políticos, con el escaso margen de legitimidad que les queda, nos piden que seamos positivos, que miremos el lado más brillante de la moneda y procuremos ver la botella medio llena. Me pregunto si esto es posible, teniendo en cuenta la obstinación del reverso de esa moneda y el ignominioso vacío que dejó en la botella todo aquello que nos robaron y que, ahora, buscamos desesperados en los bolsillos.

En mitad del puente de los Santos, llegué a creer firmemente en que hay luz al final del túnel. Con un clima estupendo y las calles llenas de gente, la ciudad emitía una vibración especial, nacida de un diapasón invisible; un rumor casi imperceptible que me recuerda su grandeza y potencial. Paseaba por la calle y tenía que hacerlo contra la corriente humana, sorteando francotiradores con cámaras de fotos, nutridos grupos de disciplinados turistas japoneses, familias al completo, con chillones mocosos orbitando en torno a los papás… Aunque no conocía a ninguno de ellos, me moría de ganas de decirles: “Efectivamente, ésta es mi ciudad. Aprovechadla, exprimid cada detalle, buscad los secretos que os esperan, agazapados como un gato a la hora de la siesta. Degustad cada pincho, cada caña como si fuera única. Realmente lo es. Os reto a que vuestra visita sea la única. La última. Seguro que gano la apuesta”.

Puede que fuera orgullo, quién sabe. Cuando ves que no hay ni una silla libre en las terrazas de la Rúa te tranquilizas, sientes un equilibrio íntimo asentado en el convencimiento de que todo marcha como debe. Confías en el curro de cada conserje, taxista y camarero que se parte la espalda por ellos. Tú mismo formas parte del patrimonio humano que hace de Salamanca lo que es, y tu granito de arena también cuenta. Con ese diapasón invisible a pleno rendimiento, con la vida desbordando las esquinas, mandé mentalmente la crisis al carajo. Estoy seguro de que los bancos centrales, las agencias de calificación y los magnates que manejan los dineros no tienen ni idea del carácter castellano. A buen seguro no entienden que aquí, la gente trabaja de firme, con pasos cortos pero seguros. Sin estridencias ni aspavientos, sin levantar la voz ni darse importancia. Sólo con esa actitud saldremos del pozo, no le den más vueltas.

Pero, como les decía, todo tiene dos caras. Y también pude comprobarlo hace pocos días, camino del trabajo. A primera hora, con la ciudad aún bostezando y desperezándose, me abordó un señor mayor en la Calle Libreros. Vestía un pantalón de mezclilla gris oscuro y una gabardina ligera, pasada de moda y gastada por el uso, pero muy limpia. Lo mismo que los zapatos, de suela gruesa y amplios, de esos que están pensados para quien pasa mucho tiempo de pie. Se apoyaba en el paraguas plegado, usándolo a modo de bastón. No creo que llegase a los 70 años y su aspecto, en general, era el de un abuelo como tantos otros. Me dijo algo, pero no entendí nada por culpa de los auriculares, con el volumen a tope. Cuando me los quité levantó tímidamente la mano extendida hacia mí. “¿Me da un euro para un café, por favor?”

Automáticamente dije que no y seguí mi camino, al igual que hizo él. Parecía que había hecho una pausa en el paseo para preguntarme la hora. Sus ojos y el tono de voz me dijeron mucho más que las pocas palabras que cruzamos. Me había pedido dinero casi susurrando, sobreponiéndose a la vergüenza extrema que implica, sin recurrir al soniquete lastimero y burdo de los pedigüeños al uso. ¡Era un abuelo normal y corriente, maldita sea! A los pocos segundos me arrepentí de mi respuesta mecánica, casi instintiva. A punto estuve de volver sobre mis pasos y darle el maldito euro de las narices. Pero no lo hice.

Y por eso hablo de la obstinación de la otra cara de la moneda. Hay días en los que el diapasón te remueve las entrañas y te hace creer en imposibles. Y otros en los que el diapasón se queda mudo y un simple detalle te desmonta los esquemas. Sencillos gestos o anécdotas que te recuerdan que, en la misma ciudad en la que tienes que sortear a los turistas y tirar de las bridas, para que el buen rollo no te sature los poros, hay calles desiertas en verano, cuando los estudiantes vuelven a sus casas y la ciudad muestra su cara más solitaria y menos amable. Necesitamos caminar por el lado soleado de la acera. Pero sin olvidar las zonas en sombra. Engañarnos a nosotros mismos no nos ayudará

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1 comentario

Archivado bajo Charrizando, Gente, Reflexiones e Idas de Olla, Sociedad Contemporánea

Una respuesta a “Las zonas en sombra

  1. Laura

    Parece que hayas leído mi mente. Yo paseo por Salamanca en los días felices soleados y todo parece estar bien, la vida se mueve por la plaza del Corrillo y la plaza Mayor, y en tu arranque de optimismo y paz vital llegas a la calle Toro y te encuentras no a uno sino a dos individuos arrodillados, cabizbajos y con una mano extendida. Desde luego no actúan con el pudor del pobre “abuelo” con el que llegaste a toparte, pero en ese momento en el que otras chicas de tu edad salen de las tiendas con las bolsas de las rebajas, te preguntas: ¿a qué situación terrible ha de llegar una persona para superar la humillación que supone pedir de rodillas en medio de la arteria comercial de Salamanca? Reconozco que muchas veces paso de largo porque no tengo valor para mirarlos a la cara, porque yo voy con mi bolsa de H&M fingiendo que no tengo una moneda que dar a ese hombre. Sé también que la pobreza y la desgracia siempre va a existir y soy de las que creo firmemente en disfrutar mientras se pueda porque una nunca sabe si un día le va a tocar esa situación o sin más, caerse redonda de un derrame cerebral (por poner un ejemplo). Pero al mismo tiempo me desagrado a mi misma por mi “comodidad mental” (charra que es una, aunque no estereotipada). Probablemente yo en ese momento esté pasando más vergüenza que aquel hombre arrodillado. Estoy aún rumiando una “solución” que concilie estas contrariedades.
    Excelente blog, un saludo
    Laura.

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