Príncipe azul

Ana nunca se habría fijado en un chico como él: demasiado alto, demasiado fuerte y demasiado guapo para alguien “tan poquita cosa”, como decía su madre siempre de ella. No contaba con el descaro de Mario, que sí había notado su presencia en los sitios donde solía coincidir la gente joven del pueblo. Había preguntado por ella varias veces a algún amigo común y se encaprichó enseguida. De sus ojos marrones, curiosos y francos, de su figura menudita pero magnética. Mario siempre conseguía lo que quería. Siempre. Y no le costó nada invitarla a bailar.

A ese baile le sucedieron otros, algún cine de tarde y muchos paseos. Pocas palabras, eso sí. Mario no era de mucho hablar, al contrario que Ana. Ella poco a poco tuvo que intuir cómo veía él la vida, cómo era su forma de ser: decidida, brusca muchas veces, pero con los objetivos siempre claros y con la seguridad de que nadie se interpondría en su camino. Mario siempre le decía “Te quiero mucho. Eres la mujer de mi vida, mientras estés conmigo no tendrás que preocuparte por nada ni por nadie” Aquello la tranquilizaba. Ella era su chica y Mario era su tótem particular, su protector y su príncipe azul. No le resultó difícil ver pronto por sus ojos, vivir única y exclusivamente por y para él. Cuando se casaron, tras cinco años de noviazgo de ensueño, Ana era la mujer más feliz del mundo.

***

Acostada en la cama, la mejilla aún le ardía por el soberano bofetón que le dio Mario al llegar juntos a casa, después de una corta pero intensísima discusión. Pero le ardía más la cabeza, de tanto pensar. ¿Por qué le había montado aquella escena? Sólo había hecho un comentario gracioso, en una cena con amigos. Pili, una de sus mejores amigas, bromeaba con Javier, su marido, y con su obsesión por el bricolaje. Cuando Ana comentó entre risas que Mario era un desastre con los trabajos manuales no vio la mirada amenazadora que él le lanzó desde el otro lado de la mesa. Su silencio en el coche, con las mandíbulas apretadas durante todo el camino de regreso, no le extrañó. Mario era de poco hablar.

– ¿Qué es lo que quieres, ridiculizarme? ¿No soy lo suficientemente bueno para ti? -le preguntó él a gritos, cuando traspasaron el umbral de su casa- ¡Ni se te ocurra avergonzarme en público de nuevo!

Ana casi no tuvo tiempo de reaccionar. El bofetón a mano abierta le llegó como un relámpago de dolor, sin avisar y con tanta fuerza que estuvo a punto de hacerle perder el equilibrio. Cuando apenas se había recuperado del shock, pudo escuchar el portazo que dio Mario al marcharse, dejando a su espalda una mezcla de aroma a whisky y after shave. Tardó más de cuatro horas en volver. Cuando regresó, ella ya dormía.

***

Hacía tiempo que no quedaba en él nada del príncipe azul que la protegía cuando eran adolescentes. Desde que se había quedado en paro, estaba aún más hosco, si eso era posible. Muchos días llegaba borracho a casa y, por cualquier tontería, a veces sin venir a cuento, empezaba a gritarle, a tirarlo todo por el suelo y siempre, siempre terminaba pegándole. Al principio eran empellones y bofetadas. Las primeras veces ella intentó plantarle cara, pero eso le enfurecía aún más y no tardó en usar los puños cerrados contra ella, a quien le sacaba dos cabezas de alto y casi dos cuerpos de ancho.

Hacía tiempo que no salía a la calle. Cualquier retraso en el horario que él consideraba “normal” desataba sus celos y era el preludio seguro de otra bronca. Además, no podía permitir que en el barrio vieran cómo le dejaba a veces la cara. Muchas veces no había golpes, pero había palabras que incluso podían dolerle más que un puñetazo: “Puta, desagradecida, no vales para nada, no sabes ni dónde tienes la mano derecha”… el repertorio era amplio. La última vez que le pegó, Ana se limitó a encogerse en el suelo en posición fetal, tratando de protegerse, encogida como uno de esos gusanos que se transforman en una bola. Le dolía, siempre le dolía. Pero una parte de su cerebro estaba centrada únicamente en resistir, para que se aburriese de pegarle y se marchara a seguir emborrachándose. Aquello no iba a durar mucho.

***

Javier llegó a casa con la cara desencajada. Cuando le pasó el periódico, con el rostro blanco como el papel, Pili no acabó de entender qué pasaba y se asustó. No pudo terminar de leer la noticia, en la sección de sucesos del diario que él le ofreció. Se desmayó antes de legar siquiera a la mitad. Mario había entrado a la fuerza en casa de la madre de Ana, donde ella se refugiaba tras haberle denunciado por maltrato y solicitado el divorcio. Ana no tuvo tiempo siquiera de gritar, de echarle mano al móvil… de nada. Desencajó la puerta de una patada y utilizó un destornillador que traía en la mano para clavárselo quince veces, a modo de puñal. Sin apenas pararse a pensar que ella se desangraba en el suelo, Mario soltó el destornillador, fue a la cocina, buscó un cuchillo grande y se cortó las venas. Mientras esperaba la muerte, sentado en el suelo y con su mujer agonizando en la otra habitación, él se repetía una y otra vez que ella era su mujer, que nada ni nadie la tocaría nunca.

NOTA: Esta historia es ficticia, así como los nombres empleados en ella. No está inspirada en ningún hecho real concreto, aunque podría. El viernes día 25 de noviembre es el Día Mundial contra la Violencia de Género. Si sufres maltrato o conoces a alguien que lo sufra no dudes en denunciar. Marca el teléfono 016

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo Reflexiones e Idas de Olla, Sociedad Contemporánea

Cuéntame algo

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s