De profesión, político

Con el fallecimiento de D. Manuel Fraga Iribarne me asaltan todas las dudas del mundo sobre nuestra madurez como democracia, sobre nosotros mismos como actores principales de esa democracia y sobre la figura paradigmática del político español. Por un lado, en tiempos de D. Manuel e incluso antes y, por otro, en el contexto sociopolítico actual.

La desaparición de una figura pública como la de D. Manuel Fraga, por longeva y activa en el mundo de la política, siempre implica una pérdida, un vacío cuya trascendencia y significado estamos lejos de poder calibrar a día de hoy. De su trabajo y aportación se tendrán que encargar, forzosamente, los libros de Historia.

En un país como el nuestro, donde se menosprecia vergonzosamente a esta disciplina – cuando no es reescrita y reinterpretada a capricho, que esa es otra – esto no siempre es garantía de equidad y análisis ponderado. No obstante, es la única esperanza que queda de sacar algo en claro sobre cuál ha sido el verdadero papel de Fraga en nuestro viaje como democracia. En estos días, lo único que podremos encontrar, a buen seguro, son obituarios hagiográficos por un lado y críticas extremadamente cáusticas por otro. Como es lógico, no puede obviarse que Fraga fue ministro durante el régimen de Franco, del mismo modo que no puede pasarse por alto que fue protagonista ineludible durante la Transición, así como el fundador del Partido Popular, formación actualmente en el gobierno y sin la que no puede entenderse la política nacional hoy en día.

Dicho esto sólo a grandes rasgos y con brochazos gordos, algo que nunca es aconsejable si se quiere hilar fino.

Sin embargo, de nuestra incapacidad por encontrar el equilibrio a la hora de analizar justamente el trabajo de Fraga – algo que sucederá de nuevo con D. Santiago Carrillo en el futuro, me temo – extraigo tristísimas conclusiones. Ni la generación de nuestros padres ni la mía propia está lo suficientemente lejos del régimen franquista, en términos históricos, como para poder sumergirse en los acontecimientos de esos años con la asepsia y la presencia de ánimo que exige una interpretación desapasionada y cabal.

Manuel Fraga (Autor: Manuel Pardo)

Manuel Fraga (Autor: Manuel Pardo)

La política española estará permanentemente amenazada por la sombra de etiquetas y lugares comunes – “rojos” y “fachas”, “ellos” y “nosotros”, Paracuellos y cunetas, etc. – hasta que pasen, como mínimo, dos o tres generaciones. Esto me hace pensar que, por muy democráticos y políticamente “sanos” que nos consideremos, una buena parte de nuestra sociedad continúa enferma hasta el tuétano. Aunque no queramos reconocerlo, somos democráticamente adolescentes, aún. Con un poco de suerte, las generaciones venideras, que sí estarán en disposición de mirar atrás con desapasionamiento, se encontrarán tan pésimamente preparadas, carecerán en tal grado de interés y formación, que lo que puedan hacer o decir al respecto no tendrá la menor importancia.

Lo que me lleva a la segunda parte de mi planteamiento: el ejercicio de la política como profesión.

También desde el punto de vista histórico, todos aquellos que se han zambullido en la actividad política lo han hecho seducidos por la erótica del poder, en sentido abstracto. Por la cercanía con las esferas de poder e influencia que, no nos engañemos, pueden quebrar al idealista más convencido. Con todo y con ello, personajes como Fraga Iribarne mantuvieron durante toda su vida un cierto grado de compromiso y vocación – que no idealismo – a la hora de desempeñar sus funciones. Si trato de eliminar el componente ideológico, para entender el por qué alguien como D. Manuel o sus coetáneos hicieron carrera en la política, entiendo que existía, aunque fuera mínimamente, un componente de servicio público determinado. Además, en aquel entonces, había una “vida” fuera de la política. Si alguien dejaba el cargo podía sustentarse con la profesión que ejerciese antes de una legislatura.

Ahora están “de moda” los denominados tecnócratas, personas altamente preparadas en sus respectivas profesiones que, ante la incapacidad e inoperancia de los “políticos profesionales”, tienen que tomar las riendas de ministerios y gobiernos para capear el temporal de la crisis como mejor se pueda.

¿Por qué? Porque quienes nos han gobernado hasta ahora no han sabido hacer otra cosa que ser políticos. Entendiendo por ser político el ocupar un despacho, hacer declaraciones públicas totalmente vacías con mayor o menor acierto y rendir cuentas única y exclusivamente al partido, del que han vivido desde su más tierna juventud. Son personas que se han preparado y crecido dentro de los partidos con el único objetivo de ser políticos, de ocupar una portavocía, una secretaría de Estado o un ministerio.

Personas a las que no se les puede reconocer ningún mérito o logro profesional ajeno a la política, que de nada saben si no es de discursos – elaborados por otros, por cierto –, inauguraciones y “puestas en valor”. Son tótems edificados artificialmente que, ante un problema medianamente complejo, miran a otro lado y se rodean de asesores, porque no tienen la más remota idea de nada que no sea la lucha por el poder, la puñalada partidista, las primarias internas y las elecciones. Con políticos así, las virtudes de personas como Fraga, sean de la ideología que sean, son incuestionables. Y, pensando de nuevo en las generaciones venideras a las que aludía antes, lo único que hago es temer por nuestro futuro, que de aquellos polvos… estos lodos
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Archivado bajo Extramuros, Política, Reflexiones e Idas de Olla, Sociedad Contemporánea

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