Será maravilloso… viajar hasta Mallorca

Viajar siempre es bueno, le quita a uno el polvo de encima, tanto el del cuerpo como el de la mente. Casi siempre, el cambio geográfico te permite algo de perspectiva para analizar con más claridad el entorno en el que te desenvuelves y centrar la atención en asuntos que la costumbre y los hábitos del día a día colocan en algún rincón olvidado.

Aeropuerto de Matacán

Aeropuerto de Matacán

Les comentaba la pasada semana que me he tomado unos días de respiro en mi tierra, para cargar las pilas. Les decía entonces que, en este proceso de “reseteo” mental, he recuperado algunos hábitos y liturgias propias de quienes tenemos que recorrer grandes distancias – casi 3.000 Km. en mi caso – para dormir en la cama de la infancia. Parte de esas liturgias son el peregrinaje hasta el aeropuerto de Barajas, las horas de espera, los retrasos de los vuelos respecto de la hora prevista… pequeños contratiempos que son fastidiosos, pero que también forman parte de la “aventura” del viaje. Siempre y cuando ese viaje sea de placer y no de trabajo.

Camino de Madrid, en el autobús de AutoRes, vislumbré a lo lejos las instalaciones de Matacán. Acostumbrado a moverme poco de la ciudad, habituado a utilizar la carretera y las cuatro ruedas, en caso de hacerlo, no recordaba lo esencial que resulta la infraestructura aeroportuaria. Quizás llevo tanto tiempo en Salamanca que, como muchos de ustedes, he situado la imagen de un aeropuerto de Matacán activo y a pleno rendimiento en el territorio de los sueños imposibles, a la misma altura de los aviones que no nos sobrevuelan. Que no lo hacen ahora y, por desgracia para todos, parece que no lo harán jamás.

Quince años atrás, con la maleta llena de sueños y recién llegado a Salamanca, me parecía inconcebible que una ciudad pretendidamente moderna, cuna de la cultura y del estudio, careciera de un aeropuerto. Quizás no de unas instalaciones tan elefantiásicas como las de Barajas o Palma de Mallorca, por ejemplo, ni tan desquiciantes como las internacionales terminales de Heathrow o Gatwick. Pero desde luego, sí que echaba en falta una ventana que conectara a Salamanca, ineludiblemente con el resto de España y, como regalo opcional, con parte del mundo.

Pronto entendí que, ni los políticos ni gran parte de los ciudadanos daban tanta importancia a los altos vuelos. La gran mayoría de ellos, por costumbre e idiosincrasia -que diría Rocío Jurado- preferían el coche, el autobús o el tren. O lo que es lo mismo, daban por buena la tesis de Helena Biaco y “Los Mismos” en los 70: que sería maravilloso viajar a todas partes utilizando un puente, caminando, con una bicicleta o en autoestop. Tampoco me costó mucho tiempo entender que la otra infraestructura básica, la ferroviaria de Alta Velocidad, era tan inalcanzable y onírica como el que yo he dado en llamar “aeropuerto menguante” de Matacán.

El aislamiento, debido a unas deficientes infraestructuras de transportes, ha sido siempre un caballo de batalla para los ciudadanos y los políticos salmantinos. Estos últimos se han cansado de prometer, acusar y posponer. Los ciudadanos, dependiendo de la época, han creído esas promesas, han esperado y se han desengañado. Quizás no por ese orden, pero siempre con el mismo resultado: el convencimiento de que nada cambia y que, las únicas formas de salir de Salamanca siguen siendo, en el siglo XXI, el coche propio, un viaje en tren que daría para otro artículo o, en última instancia, un viaje de muchas horas en autobús – partiendo de una estación que, por cierto, lleva años necesitando un profundo lavado de cara -.

No entraré en los motivos que hacen que vivamos aislados. Son tantos, tan heterogéneos y con tantos matices, que sería imposible dar una visión completa y próxima a la realidad del problema. Es absurdo pretender que en Salamanca haya aeropuertos gigantes sin actividad ni pasajeros, de los cuales tenemos vergonzosos ejemplos bastante cercanos. Sí que es deseable, no obstante, dar un mejor uso a las instalaciones con las que ya se cuentan, remozar a base de bien algunas de ellas – léase el caso de la estación de autobuses, por ejemplo – y, de forma ineludible, presionar a quien sea menester para que a la ciudad llegue el AVE cuanto antes.

En mitad de la vorágine reformadora y de recorte, auspiciada por el Gobierno central y obligada por la crisis económica, plantear este debate hoy es estéril e innecesario. Ahora bien, en tan sólo quince años, el isleño al que le parecían extraterrestres las carencias con las que contaba la ciudad, ha obviado por completo la necesidad urgente de esas mejoras. Por decirlo de manera clara, llevo tanto tiempo “salmantinizado” que veo como normal una situación que no lo es en absoluto. Y no conviene olvidar estas cosas. Nunca. O los salmantinos luchan por situarse – literalmente – en el mapa o, en un mundo globalizado que viaja a la velocidad de la luz, están condenados a consumirse desde dentro y derrumbarse sobre sí mismos.

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