Parada de monstruos

Me preocupo por muchas cosas, en general. No es que viva atribulado y doblado como un ajo, por el peso de la congoja. Pero debo reconocer que tuerzo el gesto constantemente con cosas que no me gustan, casi siempre pequeños detalles sin importancia. A pesar de este perenne sentimiento de “mosqueo” por nimiedades, procuro no amargarme la vida, porque corro el riesgo de convertirme en un gruñón insoportable a edad temprana. Aunque a veces me cuesta trabajo no ponerme a repartir escopetazos en “Modo Puerto Hurraco”, sobre todo con aquellos temas que conciernen a la profesión que elegí en suerte.

Como ya les comenté hace unas semanas, soy un ex teleadicto convencido pero, en ocasiones, las circunstancias conspiran contra uno y no puedes evitar darle una ojeada a la caja tonta. Cuando me visitan mis padres la tele está todo el día encendida. Y da igual que los señores de Movistar me cobren un pastizal por tener chorrocientos canales. En mi casa, con mi santa madre cerca, sólo se ve Tele5. Y a una madre – sobre todo a la mía – se le permite cualquier cosa. Como si quiere que me ponga a bailar en tanga delante del Sr. Vasile en las instalaciones de MediaSet España. Es mi madre y por ella Ma…to. Ya me estoy contagiando ¿ven? Al lío, que me pierdo.

A la hora de comer y en la sobremesa subsiguiente, me toca enterarme de las andanzas de Jorge Javier Vázquez y su alegre muchachada en el “Sálvame” sí o sí. Amiguitos trolls y fieles detractores furibundos: guarden el látigo, de momento, que no voy a meterme con el programa en cuestión, ni con la prensa rosa. Eso lo hace todo el mundo.

Es más, debo reconocer que “Sálvame”, desde el punto de vista puramente técnico, atendiendo a criterios exclusivamente televisivos, es un excelente producto. Innovador, fresco e indefinible. No tiene moldes, porque se los cargaron todos en su día: en mitad del programa lo mismo los gritones colaboradores abandonan su puesto para dar una entrevista en los servicios, que se suben a un púlpito móvil en plan catedrático o se meriendan in situ unas torrijas o un chocolate con churros, sin dejar de hablar ni un momento. Muchos han intentado imitarles, pero resulta imposible. Y eso sólo les pasa a los mejores.

Jorge Javier Vázquez es un monstruo televisivo que hace lo suyo mejor que nadie: domina el medio como pocos, controla los tiempos, sabe lo que la gente quiere y se lo da. A veces, de forma divertida. Olé sus barbas toreras. No, no me gusta que existan programas como el “Sálvame”, ni me gusta el Sr. Vázquez especialmente, pero no puedo criticar a un equipo de gente que trabaja mucho todos los días para ser líder de audiencia – hablo de los curritos que nadie conoce, en producción y redacción, no de las caras populares de escaparate –.

Si únicamente se dedicaran a remover las vidas de los famosetes y friki-fauna similar bien estaría, aunque fuera censurable Pero no es el caso, y es a lo que voy. Desconozco desde hace cuanto pero, al parecer, en el “Sálvame” diario llevan tiempo ejerciendo de buenos samaritanos y almas caritativas. En el plató se plantan padres desesperados, generalmente con hijos pequeños aquejados de enfermedades raras, llorando a moco tendido, rotos por una situación que – créanme, por experiencia lo digo – no es deseable para nadie. Allí, entre sollozos desconsolados de la concurrencia y ante el gesto compungido de Jorge Javier y el reportero de turno, cuentan un dramón XXL y “dan testimonio” o “hacen un llamamiento” para ayudar a tal o cual familia. Normalmente la cosa se soluciona con 1.000€, 6.000€, 12.000€… una cantidad determinada para una operación o un tratamiento. En el colmo de la desfachatez, muchos hospitales llaman al programa en directo, para “donar altruistamente” el coste que supone la cirugía o la medicina de marras. Muchos, mientras lloran de alegría no parecen pensar que, quizás ese mismo hospital ha negado la atención a esa misma familia en bancarrota meses antes. Pero la publicidad gratuita es demasiado golosa como para rechazarla. Que hay mucha crisis. Y por ahí sí que no paso, miren.

En ese sentido, programas como el “Sálvame” se están convirtiendo en una apestosa mezcla entre santuario de Lourdes catódico y Parada de Los Monstruos del S.XIX. Si es necesario pedir ayuda, se pide. No tengo problema con eso. Yo he estado al otro lado y sé lo mucho que se agradece la ayuda de los demás, sobre todo por no haberla recibido nunca. Desde luego, no de cualquier manera, no así. Puedo entender a un padre desesperado, pero no a un ejecutivo de una televisión sin escrúpulos, ni a un periodista que se tenga por tal y al que no le cueste dormir por las noches, tras utilizar así el sufrimiento ajeno por una décima de audiencia más y un puñado de lágrimas y suspiros. Que, hasta cuando hablamos de basura hay ciertos límites.

PD: Lo siento mamá. Sé que te divierten y que son “como tu familia” cuando estás sola. Pero hay ruedas de molino que me cuesta tragar. No me lo tengas en cuenta. Te quiero igual.

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Archivado bajo Extramuros, Reflexiones e Idas de Olla

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