Pancartas y urnas

Manifa contra los recortes educativos en Salamanca (Foto: I.C.)

Manifestación en Salamanca contra los recortes (Foto: I.C.)

El sector educativo se ha echado a la calle para protestar por los recortes que le afectan. No sé con qué grado de éxito aunque, honestamente, no creo que importe mucho. ¿Por qué? Pues porque se trata de la educación, señores. Es decir, de la ramera de todas las administraciones y el comodín de los sindicatos, las agrupaciones de profesores, de alumnos… De todo quisqui, vamos. “La educación es lo que importa”, dicen por ahí. “Invertir en educación es invertir en futuro”, cuentan en las pancartas. ¿En serio? No sé por qué, pero no termino de creérmelo. No con nuestro currículo.

¿Por qué se alzan inflamadas protestas ahora y no se ha plagado la calle de indignados con las sucesivas – y calamitosas – reformas educativas, de las que tenemos un buen rosario de ejemplos, sin importar el signo político de sus responsables? ¿Por qué hemos consentido que la preparación media de nuestros jóvenes, aun teniendo infinitas posibilidades, más que sus padres y abuelos, sea tan sólo “mejor” y, con todo, tenga deficiencias tan notables? ¿Por qué a infinitas posibilidades no equivalen infinitos resultados? ¿Por qué las cifras de los informes PISA siguen dando tanta vergüenza, si miramos los datos de España, y nadie se ha echado a la calle a “cacerolear” hecho una furia por ello? Pues porque hemos permitido que la educación esté en las manos equivocadas y que se convierta en el saco de arena de todos. Y no es algo de ahora, no tiene nada que ver con la crisis. Tiene que ver con la irresponsabilidad de nuestros políticos y con nuestra ceguera y mezquindad como votantes.

A todos – políticos y votantes, antes y ahora – se nos ha llenado la boca con un mantra que, por haberse voceado tanto, se aproxima al abismo del vacío más absoluto: Educación Pública y de Calidad. ¿Qué significa eso exactamente? ¿Alguien lo sabe?

¿La educación pública es, por definición, mejor que la privada? Más accesible, sin duda. Pero, ¿mejor? Soy “hijo” de la educación privada y concertada y, si bien nunca fui un alumno brillante, sí conocí a  compañeros que sí lo fueron y habrían destacado tanto en la Ponti como en la civil. Lo hacen en sus respectivas carreras profesionales, de hecho. Las mismas carencias de fondo existentes en la educación pública están presentes, en mayor o menor medida, en la educación privada

¿Me convierte el título pontificio automáticamente en un “facha”, un hijo de papá, en un vago al que le regalan las notas? ¿Sólo el modelo público es digno de consideración? ¿Está la educación pública plagada de “rojos”? Desengáñense, porque ninguno de esos supuestos se ajusta a la realidad. Con lugares comunes y tópicos no se avanza. Se avanza profundizando en los problemas y en sus orígenes.

Educación de calidad. ¿Alguien sabe qué es eso exactamente? ¿Qué es lo que otorga la vitola de pata negra a la educación? Me temo que nadie es capaz de responder a la pregunta y, por eso, me resulta algo sarcástico ver la demanda de calidad educativa en las pancartas, cuando prácticamente nadie sabe qué es lo que está pidiendo. El gritar “educación pública y de calidad”, el lanzarse a la huelga enarbolando lemas apolillados e indignarse, a pesar de contar con toda la legitimidad del mundo, tendrá escaso efecto real, me parece. De haberlos, veremos los daños que causan los recortes en las estadísticas de abandono escolar y los datos de competencia de los alumnos, en comparación con compañeros suyos de otros países, que es lo que realmente cuenta.

La educación es importante. Quizás lo más importante, estoy totalmente de acuerdo. Pero lo es ahora, cuando se mete la tijera al presupuesto educativo tan irresponsablemente, tanto como lo era antes, cuando se permitió que, a través de la educación, en los colegios y universidades se dirimieran batallas religiosas, políticas, ideológicas y hasta territoriales y lingüísticas sin tener en cuenta, ni el contenido, ni la significación, ni la utilidad real de lo que se enseñaba. Ni por supuesto a los destinatarios de esa educación, que en definitiva, son de quienes dependeremos el día de mañana. La crisis tiene que ver, pero el problema educativo español no es nuevo. Y no se soluciona en las calles, señores. Se soluciona en los colegios y, sobre todo, en las urnas.

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Archivado bajo Charrizando, Reflexiones e Idas de Olla

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