En el alambre

No recuerdo exactamente cómo era cuando tenía trece años. Posiblemente estaría más delgado, más moreno y pensaría que, de mayor, sería periodista de renombre, locutor de radio famoso o persona de reconocido prestigio, así, en general.

Puede que, por aquel entonces, ya hiciera algún amago – casi un juego – de contarles las cosas a los demás, delante de un micro; pero estoy casi seguro de que, con esa edad, no sabía ni dónde tenía la mano derecha. Igual aún pensaba que podría ser médico, astronauta, bombero, actor de cine o cualquier tontería por el estilo. Como todos

Con trece años aún eres un niño, en el amplio sentido de la palabra. Aún se mantienen frescas las sombras de los dibujos animados, así como el griterío del patio del colegio y la alegría por llegar a casa por la tarde y poder tomar el bocadillo de la merienda. Con trece años, aparte de las obligaciones escolares, tu único cometido en el mundo es ser un niño, reír, jugar, corretear, pelarte las rodillas y comer chucherías, si te alcanza la paga semanal. Así era en mis tiempos, al menos.

Esa época, cuando somos realmente felices

Es una edad hermosa, a pesar de que los seres humanos parece que desconectamos el cerebro, en esa época de nuestras vidas y en los años que la siguen, ebrios de hormonas y adolescencia. Pero de cuando en cuando, en pequeños detalles, notas que la infancia puede quedarse en un cajón un ratito, mientras la juventud y la futura edad adulta se abre paso. En el alambre, haciendo equilibrios, la persona que serás va afianzando los pies. Y supongo que, de mayores, miramos atrás y añoramos esa plenitud, esa energía y esa alegría de ser niños. Las cicatrices y lecciones – algunas amargas – que vamos coleccionando y llevando a rastras en nuestras respectivas mochilas, conforme nos hacemos viejos, convierten esa época en la más feliz de nuestra existencia.

Por eso es bastante jodido saber por la prensa, en una fría, impersonal y escueta nota de sucesos, que una vida se apaga a los trece años, mientras el niño que era, junto con el hombre que iba a ser, jugaba en una plaza junto a su hermana pequeña. Sin poder presentar una hoja de reclamaciones, una prórroga o proponer un sustituto, con tanto hijo de puta como hay por ahí suelto. El corazón se para y se acaba la historia. Y las explicaciones, al maestro armero. Entristecen noticias así y es inimaginable el sufrimiento por el que deben estar pasando la familia y los amigos de I.G.G., a quienes mando un fortísimo abrazo desde aquí, junto con mi sentido pésame.

Porque parece injusto. No es de recibo que a alguien le extirpen la posibilidad de ser y de crecer, de amar, equivocarse, llorar y enamorarse otra vez. No parece juego limpio eso de que, en el breve instante que dura un latido, se esfumen esos sueños infantiles de los que les hablaba antes y no haya posibilidad de comprobar qué será de mayor, si se casará y tendrá críos, si viajará y verá mundo, si le darán el Nobel, escribirá un libro o plantará unos pocos árboles. Tras un acontecimiento así sólo queda la herida, el dolor, los lingotazos de hiel y las ganas de emprenderla a golpes contra todo y contra todos.

Quiero creer, sin embargo, que hay alguna hebra dorada, en mitad de la oscuridad. Morir inocente, en mitad de una soleada tarde de juegos, sin haber sido maltratado por la vida, sin más cicatrices que las de las rodillas, como les decía antes, no es una mala forma de echar el cierre. Es cierto que hay muchas cosas que nunca podrá ser, ese niño inocente. Pero también es cierto que toda su vida, desde el primer segundo hasta el último, ha sido un torrente de energía, de alegría, de sueños y sonrisas. Y que a alguien como él nadie podrá molestarle nunca con esas tonterías con las que nos preocupamos los mayores: la cuenta bancaria, los recibos, la hipoteca, la cola del paro… Desde ahora y para siempre, I.G.G. vivirá en un mundo donde todos, absolutamente todos, tienen la única preocupación de ser niños, comer chuches y aspirar a ser médicos, astronautas, bomberos y actores de cine.

Anuncios

6 comentarios

Archivado bajo Charrizando, Reflexiones e Idas de Olla

6 Respuestas a “En el alambre

  1. Extraordinario. Enhorabuena. Ojalá se me ocurriera algo más para decir…no puedo.

    Un saludo.

  2. Rectifico. No había leído la noticia.
    ¡Fantástico! Un poco triste para una mañana de domingo…Por cierto, supongo, y así lo creo, que éste niño, se reencarnará, y lo hará en alguien con un corazón inmenso en todos los sentido. Un grandísimo atleta, una grandísima persona que estará siempre apoyando a niños de su edad.

  3. Jaime Peña

    Para que mi comentario pudiese explicar lo que me gustaría explicar, deberias escribirlo tú,Cesar.Sólo así estaría seguro de haber expresado bien lo que he sentido al leer tu artículo,Gracias, amigo.

Cuéntame algo

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s