Indignado, sí. Pero muy escéptico

Asisto con estupor a las manifestaciones de indignación popular agrupadas bajo el paraguas de los movimientos #25S, #OcupaElCongreso y derivados; muchos de ellos son movimientos herederos de unos esperanzadores #15M o #DemocraciaRealYa que, para muchos de nosotros, han terminado por convertirse en un champán de potente descorche pero sin apenas burbujas y empuje. Y me acongoja el estupor no por las dantescas escenas que han podido vivirse en torno al Congreso de los Diputados, sino por el convencimiento de que, a pesar de los pesares, tanta indignación y violencia no va a valer de nada.

Los políticos – todos ellos, no se lleven a equívoco y dejen el carné ideológico de lado – son inmunes al descontento popular. Debería quedarnos claro cuanto antes. A nuestros representantes sólo les importa una cosa: que el sistema del que han vivido, viven y pretenden seguir viviendo (bien) no colapse del todo. Para ello han de cumplir el sacrosanto “objetivo de déficit”, entregados cual Desdémona al celoso y férreo brazo de ese Otelo que son el Banco Central Europeo y los principales deudores del país que, ¡Oh, maravilla!, resultan ser los vagones de vanguardia de la economía del viejo continente. Estos países dictarán las condiciones de un hipotético rescate a España, que algunos ya vemos como algo casi hecho. Nuestros Presupuestos Generales del Estado dejarán de ser nuestros en breve. Al tiempo.

Lo que le importa a la clase política a corto plazo es la economía, los ciudadanos y lo que puedan decir o hacer son algo secundario. Si no les hemos importado antes, cuando solo contaba nuestro voto – y ni siquiera entonces – poco más les vamos a inquietar ahora, cuando lo que necesitan salvar son sus suaves y acomodadas posaderas. Poco importa que la economía la construyamos entre todos y (casi) todos suframos cuando se resiente por los recortes. El descontento popular, en la barra del bar entre amigos o en masa, en las calles, no modifica las leyes.

Manifestaciones en Madrid (Alberto Martín | EFE)

Estas leyes, desde la Carta Magna hasta el más ínfimo Reglamento Oficial, están dictadas por los políticos, puestos a su vez en el escaño por los partidos a los que, lógicamente, sólo les importa su propia supervivencia. Los partidos son alimentados por bancos corrompidos y masas de borregos ideológicamente convencidos a machamartillo. Estas maquinarias de poder conviven en el caldo de cultivo de la desafección política y mueven sus engranajes gracias a la grasa que proporciona un proceso electivo que les favorece. ¿Nuestro sistema electoral no es todo lo abierto y participativo que debiera? Posiblemente ¿Nuestro modelo de Estado necesita una profunda revisión? Quizás. Pero bien es sabido que no debes morder a la mano que te da de comer. Los políticos no moverán un dedo porque las cosas cambien en su perjuicio. Con estas reglas del juego los ciudadanos estamos jodidos. Sin alternativas políticas reales, las manifestaciones masivas, las cargas policiales, las pancartas y toda la demás parafernalia quedará fenomenal en las fotos. Pero nada más.

Podemos gritar, manifestarnos y berrear todo lo que queramos. Eso no cambiará el funcionamiento interno del Estado, a la clase política, la corrupción que la domina y el nepotismo del que subsiste. Nuestro problema no es únicamente económico, es sistémico. Y no es reciente, sino que ahonda sus raíces décadas atrás, cuando se dio por buena una solución de emergencia, para quitarnos el polvo incómodo de una dictadura y apenas disimular nuestras vergüenzas con un taparrabos democrático. A nadie escapa que nuestro sistema democrático lo es muchas veces apenas sobre el papel, que no existe prácticamente separación de los tres poderes del Estado y que la política mal entendida, esa que ha demostrado no funcionar, lo domina todo. En resumen, tienen la sartén por el mango, señores. Y con toda probabilidad, la seguirán teniendo durante mucho, mucho tiempo más.

Si el sistema colapsa no será con nuestra ayuda o por nuestra intervención. Atrás quedaron las épocas en las que se quitaban y ponían gobernantes a sangre y fuego. La violencia dialéctica o física no es la solución. Las caceroladas, los gritos, las sentadas y manifestaciones – modestas o masivas, da igual – no van a poner a políticos honestos y preparados en los escaños, ni a banqueros responsables en los despachos rectores de las grandes entidades bancarias. No contamos para ellos y poco tenemos que decir, desengáñense.

Tenemos aquello que nos merecemos. Nosotros mismos hemos creado a la hydra, no podemos pretender descabezarla ahora con un cortaúñas. Toca esperar a que el sistema caiga – si es que lo hace – por su propio peso y, si eso sucede, improvisar igual que se hizo durante la Transición. Lo más probable es que la sartén no termine por quemarse del todo y que su mango lo sigan teniendo los de siempre. Porque lo tienen todo atado y bien atado.

Imagen: Alberto Martín | EFE (Todos los derechos reservados)

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4 comentarios

Archivado bajo Extramuros, Reflexiones e Idas de Olla, Sociedad Contemporánea

4 Respuestas a “Indignado, sí. Pero muy escéptico

  1. Muy lúcido, como siempre, Cae, y de acuerdo contigo al 99%. Sí, puede ser que estas movidas ciudadanas sean como intentar derribar un Jumbo a pedradas, pero también creo que es hora de desempolvar viejos mensajes que, a fuerza de repetidos, han devenido en tópicos y vacuos, como carentes de significado, y darles de nuevo ese contenido a base de gritarlo con rabia. Cuando están jugando con nuestra Sanidad, con un derecho tan básico como el de comer y tener un techo sobre nuestra cabeza, cuando se pasan por el forro la educación de nuestros hijos, el futuro de un país, cuando nos envían alegremente a la emigración y encima tienen el descaro de hacérnoslo ver como una oportunidad de mejora personal, es necesario que se les conteste. Que se grite a los cuatro vientos que son unos sinvergüenzas. Que tengan que enviar a sus perros a sueldo (que parece que pegan por vocación, dado que ellos también padecen recortes) a apalear a simples ciudadanos que les están cantando “las verdades del barquero”. Yo he visto a mi padre correr delante de los grises defendiendo su puesto de trabajo y el pan de sus hijos (una de esas frases que antes de decía que hay que volver a dotar de contenido y evidente significado) y creo que sí sirvió para algo. Lamentablemente, los cambios se edifican sobre la sangre de la gente, sobre las marcas de los golpes de la violencia estatal, de las marcas de las mordeduras de los perros al servicio del poder, no de la gente. Pronto llegará el día en el que nos pongan contra la espada y la pared, y entonces habrá que decidir entre salir a la calle a gritar viejas consignas o aceptar aborregados el golpe de gracia del matarife.

  2. Firmo el último párrafo, y te apluado por él, y por el resto. Quizá, cuando nos enfrentemos honestamente a nuestra propia situación y nuestra responsabilidad, las cosas mejoren, y este sea un mejor sitio para vivir.

    Un saludo 🙂

  3. Pues sinceramente, yo no creo haber hecho nada para merecer que esté así el país. Aún tengo la esperanza de que las cosas puedan cambiar. Llámame ingenua, pero en portugal han conseguido que el gobierno reconsidere sus medidas.

  4. Gran exposicion, estetica y formal de los probleamas que atañen a la sociedad! yo tengo un espacio donde realzo la impudicia de los mandamases, otro punto de vista ( en realidad profundizamos en mas de lo mismo ) !saludos!

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