Los platos de la balanza

Cuando las cosas están tan feas como actualmente, como en un naufragio, cualquier detalle puede ejercer, si no de tabla de salvación, sí como elemento que dé algo de aire para no hundirte. O para tardar un poco más en hacerlo, al menos. En algunos casos, muy raros, ese pequeño detalle deja de serlo y se convierte en el leit motiv de toda una vida.

Lo he comentado con uno de mis amigos más cercanos, no hace mucho. Había puesto en su perfil de Facebook una frase breve y aparentemente sin importancia. Pero tan poderosa como una carga de profundidad lanzada a un cascarón que se sujeta a flote a duras penas: “Cada día disfruto más con mi trabajo” No se trata del hecho de tener trabajo del que disfrutar – que ya sería muchísimo para casi seis millones de personas en este país -. Se trata de que mi amigo cuenta con el privilegio de levantarse cada mañana con el convencimiento de que se lo va a pasar bien, mientras trabaja. Que su creatividad, su talento, todo aquello que lo diferencia, va a ver la luz. Posiblemente el rendimiento económico de ese trabajo estará lejos de traducirse en una cifra que haga justicia a su esfuerzo. Es casi seguro también que, el hecho de afrontar la jornada laboral con ilusión, no va a evitar la batalla con el desagradecimiento de algunos, la infravaloración o la incomprensión de otros, la inquina y envidia de algunos compañeros… Ese tipo de obstáculos, si es que pueden llamarse así, son inevitables.

No creo que mi amigo sea consciente del privilegio que supone ganarse la vida con algo que le llena. Entre bromas, muchas veces, cuando pasa por un mal momento o le zarandean las dudas, suelo decirle “Cuando creas que tu vida es un asco, párate un momento a reflexionar, mira a tu alrededor. Mírale a los ojos a tu mujer, piensa en todo lo que la quieres y te quiere. Echa un vistazo a la casa en la que vives, haz una lista de todo lo que tienes, analiza bien tu trabajo y lo feliz que haces a mucha gente con él. Y, entonces, acuérdate de mí y pon tu vida y la mía en los dos platos de la balanza” Siempre se ríe.

Dejé de creer hace mucho en ese concepto tan esquivo, vacío y tramposo como “la felicidad” Pero, si realmente existe, un gran componente de la misma puede residir en algo tan sencillo como ir arrancando las hojas del calendario, mientras te dedicas a una actividad para la que estás preparado, por la que te dan dinero y ¡Oh, maravilla! con la que disfrutas. Estamos tan alienados que casi olvidamos esa agradable sensación. Al igual que olvidamos que todos tenemos tanto derecho como cualquier otro a ella. Menosprecias ese premio que lo es solo para ti y para nadie más. Esa plenitud que es íntima y que vale más – o casi tanto, al menos – como el saldo de tu cuenta corriente. Cuando apagas la luz cada noche, los demonios no tienen narices de borrar esa marca indeleble. Por muy mal que pinten las cosas, puedes decirte a ti mismo: “Hoy lo hice bien. Sé que mi trabajo vale lo que van a pagarme por él. Y me lo he pasado genial, nadie podrá quitarme eso. Todos los malos ratos, las peleas con las facturas y los impuestos. Todas las horas de más merecen la pena”

Muchos “iluminados” podrán decirme que el trabajo no lo es todo. Que las cosas importantes de una existencia no se cuantifican con el saldo bancario, la nómina o la marca del coche que tienes aparcado en el garaje. No es algo que niegue, simplemente aseguro que, para mí, esas “cosas importantes” no son suficientes. La plenitud de “gastar” una vida con algo que merezca la pena es lo que me falta. No pretendo convencer a esos “iluminados”. Cualquiera de ellos puede darse un viajecito de nuevo rico a la India, para recibir una dosis de humildad y poder volver a España con los ojos lacrimosos, asegurando que los parias de la tierra “son felices sin tener nada. Siempre sonríen”. No me hace falta saber que hay mucha gente que está peor, para reconocer que el vacío insondable de mi interior ocupa su propio lugar. No quiero dar a entender que mi visión de las cosas sea la correcta o la única. Tan sólo pretendo que me dejen en paz, a mí y a mi vacío. Que me dejen arrastrarme, junto a mi ausencia de futuro.

Quiero dedicar mi entrada de hoy a mi amigo. Para animarle a seguir en esa línea. Para asegurarle que, aunque no lo crea, es más feliz ahora mismo de lo que seré yo en toda mi vida. Aunque viviese diez vidas seguidas. Carlitos, querido, eres un privilegiado. Que nunca se te olvide. Perteneces a una elite y, lo mejor de todo, es que no eres consciente, la mayor parte de los días. Si tienes dudas, ya me encargaré yo de recordártelo.

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3 comentarios

Archivado bajo Reflexiones e Idas de Olla

3 Respuestas a “Los platos de la balanza

  1. Supongo,que irá por mi queridísimo hermano. Y, supongo, que en cierto modo, va por mi. Por cierto, exquisito.

  2. fernando

    Bonito texto. … seguramente esa persona es LIBRE … y eso vale más que todo el oro del mundo.

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