Fuego en la mirada

No siempre nos damos cuenta pero, a lo largo de la vida, acumulamos cantidad de deudas que no pagamos. No hablo de economía, sino de pequeños detalles, quiebros de tu destino que te encaminan sin que te enteres. Muchas veces esas deudas las contraes con personas y, por dejadez, soberbia o inconsistencia de carácter no las saldas. Y yo no soy de esas personas.

La conozco desde que éramos unos mocosos. Siempre fue diferente. Destacó por su energía, su brillantez, su personalidad arrolladora y por un fuego especial en la mirada, de ese que muchos buscan toda una vida y no encuentran. Siempre sobresalió, desde que llevaba falda de tablillas y coleta, en el colegio de Las Dominicas, donde intentaban encauzarnos. Curiosa, contestataria cuando tocaba, cariñosa, inquieta, sensible y extremadamente inteligente, no consiguieron “domarla” del todo. Y eso despertó infinidad de envidias y cuchicheos, entre mayores y pequeños. Un auténtico infierno, cuando vives rodeado de agua en una ciudad minúscula. Ese fuego en los ojos no consiguieron apagarlo.

Además de compañeros de colegio éramos vecinos. Nos pasamos la infancia y adolescencia cruzándonos sin parar, pero nunca llegamos a estrechar nuestros lazos de amistad como – ahora lo sé – estaba obligado a hacer. No tanto como quisiera, de cualquier modo. Por afinidad de almas y cerebros, por cariño, solidaridad y por respeto a su inteligencia. Y esa es mi primera deuda con ella. Pero hay más.

Con la papeleta de la Selectividad en la mano, ese boleto que certificaba que ya eras casi un adulto, no tenía – literalmente – ni la más remota idea de qué hacer con mi vida. Como el torbellino que siempre ha sido, sabedora de mis escarceos con el mundo periodístico, lo vio más claro que nadie. Antes que nadie. Me agarró del codo en las oficinas del instituto el último día de la preinscripción universitaria: “César, vente conmigo a Salamanca a estudiar periodismo. Eres bueno y lo sabes. No te niegues a ti mismo lo que eres”. Con más miedo que vergüenza solicité mi ingreso en la USAL, no para ser periodista, sino para tratar de ser abogado. Por aquel entonces, la inseguridad, el miedo y la presión familiar me obnubilaron.

Una vez aquí, me la cruzaba por la ciudad y me costaba ubicarla, fuera del contexto a veces enfermizo en el que crecimos. Cada uno se debatía en su propia aventura vital y tampoco entonces me arrebujé junto a ella, como la amiga que siempre había sido y a la que no siempre correspondí. También coincidimos en la facultad de periodismo, cuando dejé de engañarme y mi vocación ganó la partida. Se alegró más que yo mismo, cuando supo que había decidido ser plumilla, como ella. Seguí sus pasos profesionales con orgullo cuando se licenció. Se me hinchaba el pecho cuando la veía ejerciendo de reportera, regalando su talento a quien quisiera verlo. Sus triunfos siempre fueron los míos, como me sucede siempre con los buenos amigos.

La crisis y la vida la apartaron de la profesión en activo. Y sé que ha pasado por malos momentos. Porque no se doblega, porque no se resigna y porque no es de las que se rinde y se calla, sin más. Ahora es una mamá responsable, pero siempre será periodista. Y me consta que está volviendo por sus fueros, reinventándose y destacando. Como siempre. Como cuando éramos pequeños, hemos llevado caminos paralelos, que se rozaban apenas unos segundos. También me toca asimilar el amargo sabor del fracaso profesional y el duro trabajo de la reinvención. A pesar de todo, quiero pagar mis deudas, por lo que me dirijo directamente a ella, si me lo permiten

Carla, cariño. Nunca lo aceptarás o creerás que exagero, pero NO SERÍA QUIEN SOY AHORA de no haber sido por ti, por aquella charla de instituto y por ese fuego en la mirada que, sin saberlo, me animó. Eres una de las mujeres que cambió mi vida. Uno de los ladrillos de mi muro lo pusiste tú. Nunca te lo había dicho y eso no puede ser.   Cambiaste para siempre a una persona y eso no lo puede decir cualquiera. Muchísimas gracias. Aunque lo intente, no podré pagarte con palabras esa deuda. Pero sí agradecerte lo que hiciste.

Por cierto, Carla. No importa lo que sea de nuestras vidas, porque estamos conectados, al menos por ese pequeño – gran – detalle. No importa que nunca hablemos, o nos veamos. Vives dentro de mí todos los días. Y, por favor, que no apaguen ese fuego nunca. Si tu niña sabe lo que es bueno, pillará recortes de mamá y sabrá ver, como yo, que es conveniente tenerte cerca. Porque la gente como tú está destinada a triunfar. Como cuando éramos enanos, ¿te acuerdas?

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5 comentarios

Archivado bajo Gente, Periodismo, Reflexiones e Idas de Olla

5 Respuestas a “Fuego en la mirada

  1. Sentada en el sofá, en penumbra, acabo de salir de la ducha, la niña duerme, Óscar estudia delante del ordenador y sólo puedo decirte, César Brito, que TE QUIERO, que ahora mismo muero por darte un abrazo, que sigo peleando y que me enamora tu Pasaporte Charro y me siento mucho más orgullosa de tu trayectoria que de la mía propia. Aún me acuerdo de aquellas dichosas escaleras para subir al colegio…Cuántos escalones eran, César, ¿300, 500?. Infancia de millones de escalones, metáfora y entrenamiento, igual que el reto de sobrevivir al embrujo de la Ínsula Bonita, ese lugar sin contaminación lumínica pero con mil ojos que todo lo ven. Y sobrevivimos, y nos seguimos queriendo y en el fondo nos ha ido bien, ¿no?. No entiendo porqué no nos hicimos novios de chiquitos, aunque sea un rato en las escaleras, porque lo nuestro ha sido un romance… Claro que igual ahora no nos hablaríamos. ¡Jaaaaaa!. Voy a compartirte…. Bueno, a ti no, a tu Pasaporte. Sé que mi “marido” entenderá lo nuestro. Te quiero y mañana , -¡rinnnnng!, ¿digame?-. Gracias, gracias, de verdad. Me has emocionado 😀

  2. Ele

    Jo, si alguien escribiera algo así sobre mi me fugaría con él al fin del mundo. Y no es ironía ni sarcasmo, qué precioso César. Carla debe estar emocionada hasta la lágrima mientras lo lee.

  3. Conozco a Carla, desde luego, y por desgracia no tanto como Sesar, pero tengo que decir, que es cierto, que tiene fuego en la mirada. Los conocí a los dos al mismo tiempo, en el rodaje de un “corto”, del que creo saber con mucha claridad que eran las dos ùnicas personas que merecían la pena conocer y conservar su amistad. Gracias Cesar por tan bonito relato. Gracias Carla por tu contestación a Sesar, precioso relativo.
    Y si, creed a Cesar, cuando dice que hace suyos los triunfos de los amigos!
    Abra os…..!

  4. Qué grandes sois. Los tres. Abrazos

  5. Jaime Peña

    Hacia mucho tiempo que no me emocionaba al leer, tal vez porque el tipo de literatura que ahora me entretiene no es precisamente de ese tipo o ,tal vez porque cada vez es mas dificil lograrlo,ya sabes, las noticias, la tv que nos tienen embotados los sentidos.Hasta hoy; tú lo has conseguido por lo que le dices a tu amiga, por, sobre todo, como lo dices y porque te has dejado el corazón en esas palabras.Gracias Cesar, ¡ah! y Gracias Carla por haber inspirado de esa manera a mi amigo Brito

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