Cacharros

La afirmación de un amigo, categórica a la fuerza, de esas instigadas por la tiranía de los 140 caracteres, me ha recordado un debate profesional aparentemente irresoluble que, además de animar las barras de los bares y las reuniones de amigos periodistas, me confronta con una realidad algo más profunda e importante, según mi criterio. El autor de la frase, posiblemente matizaría muchísimo el contenido y, sobre todo, la intención de su afirmación. No obstante, como digo, ésta me vale más como excusa que como objeto directo de crítica.

“Un periodista sin Smartphone es como un médico sin estetoscopio”

No estoy del todo de acuerdo. Esta visión instrumentalizadora de la profesión periodística – de cualquier profesión, en realidad – pone en riesgo, si no es bien interpretada, la claridad diáfana sobre cuál es el objetivo final de un periodista. Es más, tomarse esta afirmación a pies juntillas y hacerla dogma de fe, algo que sucede cada vez con más frecuencia, puede desvirtualizar de facto la práctica del oficio.

Y no quiero ser malinterpretado. No pretendo erigirme en un rancio defensor de la ortodoxia. Ante la crisis sistémica y de modelo empresarial reinante en el periodismo, el dar la espalda a las nuevas tecnologías es una anacrónica invitación al suicidio. El periodista actual y todos aquellos que le sucedan debe vivir en Internet, debe tener perfil en las redes sociales, dominar el Smartphone, la Tablet y cualquier otro dispositivo. A esa (discutible) función de “hombre orquesta” estamos abocados sin remedio. De hecho, de existir una salida a la crisis sectorial, ésta debe seguir el camino de la tecnología, el “Hágalo usted mismo” y la multitarea. Pero de ninguna manera debe confundirse la herramienta con el fin último en nuestro ejercicio profesional. Y mucho menos el domino de la primera tiene por qué implicar una equiparable destreza en el desarrollo del segundo, ni la valía exigible para ello.

Es un fenómeno del que puede ser testigo cualquiera que se acerque a las facultades de periodismo. Esa realidad tiene su reflejo en el diseño de los planes de estudio y algunos compañeros veteranos, arrastrados por el miedo a la crisis de la que hablaba y por la velocidad a la que evoluciona todo, están erigiéndose en defensores de lo que, para mí, es una falacia: la conversión del gadget o la tecnología de turno en el tótem en torno al cual debe girar nuestra profesión. El cacharrito es sólo eso, un cacharrito que está donde está para ayudar, nunca para limitar o condicionar.

A través de una sucesión de tuits se puede contar una revolución en Egipto. Gracias a un blog se pueden dar a conocer represiones en Irán, Corea del Norte o desigualdades en Cuba o Sudán. Pero el Smartphone más avanzado del mundo no podrá ayudarnos a identificar a una fuente, a tratar con ella y a diferenciar qué dato es importante y relevante del que no lo es. Ningún Mac, iPhone o sistema operativo me ayudará a contextualizar y entender un determinado aspecto de la realidad; no sabrá entresacar una doble intención de una declaración institucional ni podrá realizar la tarea esencial para el periodista: ¡Utilizar su condenado cerebro, maldita sea! Estamos dejando que los cacharritos lo hagan todo y no solo lo permitimos, sino que aplaudimos embelesados. ¡Mirad, puedo informar in situ de lo que está pasando, mientras subo la foto de lo que pasa al Instagram!

Estamos olvidando que nuestro trabajo como periodistas es utilizar el cerebro, contar las cosas y, sobre todo, explicarlas dentro de su contexto. Algo que no puede hacerse en un instante, en una red social. En aras de la inmediatez que demanda un tuit olvidamos leer y contrastar, no respiramos para pensar y nos olvidamos del instinto y el trabajo de calle. Ese que parece anacrónico pero que no se altera con el paso del tiempo y que es, en realidad, lo que diferencia a un gran periodista de un mediocre hipster geek. Pueden llamarme lo que quieran, desde romántico hasta imbécil. Incluso incoherente, pues leen esto en un blog y yo mismo soy un tuiteador casi adicto. No obstante no podrán convencerme de que, con algo que contar delante de las narices y un par de días para investigar y contrastar por delante, un periodista con cerebro perderá la partida ante un adolescente con una BlackBerry, por muy en el foco de la noticia que esté. Inmediatez y periodismo no siempre son sinónimos. Mis Olivetti permanecerán donde deben estar, que es en mi colección de máquinas de escribir. Pero reto a alguien a que no se descojone de risa, ante la idea de Kapuscinsky o Talese, angustiados porque no les funciona el Whatsapp, o se han quedado sin batería en el portátil.

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8 comentarios

Archivado bajo Periodismo, Reflexiones e Idas de Olla, Sociedad Contemporánea

8 Respuestas a “Cacharros

  1. Un médico sin estetoscopio también puede ser un gran médico y muy útil, pero al igual que el estetoscopio un smartphone bien utilizado es una gran herramienta de trabajo que puede añadir muchísimo valor a cualquier trabajo. De todas maneras lo importante es la esencia de la profesión, esa que se está perdiendo no tanto por la revolución tecnológica, que en sí no es ni buena ni mala, como por la instrumentalización brutal de la información (concebida ya en la mayoría de momentos como negocio o creadora de influencia) y la crisis económica, y esa, la esencia, se encuentra en cuestiones como las que cuenta este artículo:

    Puede que todo pase por esas “dos semanas para investigar y esa otra para escribir”.
    http://www.jotdown.es/2012/12/dos-semanas-para-investigar-y-una-para-escribir/

  2. Hola Fernando. Gracias por comentar. Cuando utilicé esa expresión en el texto lo hice pensando justo en este artículo y su titular. Gracias por compartirlo. Un saludo

  3. Amigo, puedes citar al autor de la sentencia, no creo que le importe. Estamos de acuerdo en lo esencial, pero creo que habría que matizar un poco las conclusiones.
    En primer lugar, la susodicha frase no pretende promover una comparación entre un periodista con tiempo —especie extinta desde hace décadas— o un periodista «a pie de calle» —especie romántica y ficticia en la práctica habitual del periodismo—, y un adolescente con smartphone. Creo que es evidente que la profesión no la da la herramienta, del mismo modo que Nadal —el del tenis, no el de los premios literarios— probablemente derrote en la pistas a la mayoría de la población esgrimiendo una cuchara de palo en vez de raqueta. No va por ahí. Un médico es médico por su profesionalidad, sus conocimientos, sus capacidades… exactamente igual que un periodista por las suyas. Un médico sin estetoscopio probablemente sea igualmente capaz de diagnosticar una neumonía a golpe de oído. Pero con estetoscopio podrá diagnosticarla antes, con mayor facilidad y con más exactitud. Es decir, no será mejor médico, pero hará mejor su trabajo.
    En segundo lugar, parece que limitas las capacidades del smartphone a lo meramente social, y eso es como decir que lo bueno de los coches es que se pueden guardar cosas en el maletero. Un smartphone permite hoy día acceder a una cantidad de información inmensa con la mayor actualidad y en cualquier lugar, lo cual permite al periodista estar más informado y en consecuencia poder contextualizar y profundizar antes y mejor —e incluso abandonar la redacción para hacer ese periodismo «de calle» del que hablaban los juglares y pregonaban las leyendas—. Ya no es necesario estar atado a un ordenador para conocer el dato exacto y actual de la prima de riesgo; no hay que esperar a la publicación de un diario al día siguiente del sorteo del Gordo para conocer la pedrea, ni pasarse la noche en vela escuchando la radio para saber de primera mano qué está ocurriendo en el Congo. Además, un smartphone decente permite la captura audiovisual de la realidad de una manera rápida, sencilla y con calidad. La cámara incorporada de cualquier teléfono hoy es mucho mejor que cámara de cuerpo que llevaban los corresponsales de guerra hace cuatro años, más ligera, más barata y además con la libertad de poder subir la fotografía al instante —no a instagram, que es de uso social, sino al ftp del diario, la agencia de noticias o el medio audiovisual— para que sea publicada en el momento. Ya no hace falta un software de edición, ni llevar un ordenador ni buscar una conexión a internet en la conchinchina —y por supuesto no hace falta una mesa de revelado, una positivadora, un correo fiable certificado ni esperar varios días para poder publicar una fotografía de la actualidad, como ocurría en la era analógica—.
    En tercer lugar está el tema social. Es insoslayable. Puedes llamarlo apocalíptico si quieres, pero a mí no me lo parece. Creo que lo principal del asunto no es poder comentar el último post de Brito, ni la jugada de anoche de Cristiano. Lo fundamental es que hoy día el ciudadano puede acceder directamente a la fuente de información sin necesidad de intermediarios, primero, y puede plantear un diálogo con los generadores de información, segundo. Y ahí es donde te quiero ver, compañero, porque creo que ahí es donde reside realmente el debate acerca de la profesión. Si todo el mundo, incluyendo las instituciones como Congreso, Senado, partidos políticos, deportistas, gente del espectáculo, y hasta el Papa tiene la capacidad para publicar directamente y ante una audiencia global, ¿para qué están los periodistas? Si, como ciudadano, puedo enterarme de todo con más actualidad y más rápido a través de mi cuenta gratuita de twitter ¿para qué voy a pagar por leer en un diario la información de ayer? Creo que esta ola va a suponer un cambio y que el periodista-altavoz-repetidor, pregonero de totales de rueda de prensa, va a dar paso a un nuevo tipo de periodista más analítico, más profesional, más crítico y, fíjate qué paradoja, más parecido a ese periodista romántico que salía en busca de la noticia, contextualizaba, escudriñaba y ponía en un brete al poder —sí, ese periodista tipo Tintín—.
    En definitiva, suscribo la sentencia. Un smartphone no te va a hacer mejor periodista, pero va a posibilitar que hagas mejor tu trabajo.

  4. Hola Juan. Gracias por pasarte por aquí. Pues hale, matizado todo lo matizable. ¿Ves? En el fondo no había tantos puntos de desencuentro como ambos pensábamos. Estoy contigo, sobre todo donde dices:

    ” Creo que esta ola va a suponer un cambio y que el periodista-altavoz-repetidor, pregonero de totales de rueda de prensa, va a dar paso a un nuevo tipo de periodista más analítico, más profesional, más crítico y, fíjate qué paradoja, más parecido a ese periodista romántico que salía en busca de la noticia, contextualizaba, escudriñaba y ponía en un brete al poder”

    A pesar de todo, el sistema se resistirá a ser controlado. La figura (es cierto que algo romántica e inviable ahora mismo, pero confío en que no imposible) de periodista “de verdad” es cada vez más necesaria. Un saludo y gracias por el comentario

  5. Cesar, no te preocupes, esto de la tecnología vs tradición es un mal muy comun. Yo tengo compañeros de profesión que odian las cámaras digitales y se han empeñado en seguir con sus “viejos cacharros” analógicos. Pero también te digo que tengo colegas que se empeñan en denostar esas maravillosas cámaras con película (sobre todo en blanco y negro), porque son un atraso. En el uso racional de todo ello, está la virtud.
    Gran artículo por cierto.

    Un abrazo.

    Luis.

    • Luis, es que la tecnología (Vieja o Nueva), lo analógico y la razón, lo racional y el sentido común… ni son excluyentes entre sí ni tienen por qué dejar de ser complementarios. Abrazo y gracias por tu fidelidad (e todos los sentidos)

  6. Pienso que la analogía es desafortunada, un estetoscopio no es a un médico lo que un smartphone a un periodista; primero porque el estetoscopio suele ser analógico y segundo, sólo permite mejorar un sentido el de la audición. Diría que es mejor decir que un estetoscopio es a un médico lo que a un periodista es la pluma y/o la libreta.
    Coincido con ustedes respecto a que lo fundamental no es el cacaharro que se use, al margen si éste es el último avance tecnológico o no; sino la capacidad de discernir del periodista, el encontrar una fuente fiable o distinguir un dato importante de uno superfluo, de comprender la realidad…Y, en esto último donde deben hacer hincapié las universidades y no en enseñar a usar herramientas tecnológicas por muy necesarias que estás sean…

    • Hola Rosa. Muchas gracias por comentar. Solo quería agradecerte que lo siguieras haciendo, a pesar de los años (y blogs) que han pasado. Podrías escribir un libro sobre mi evolución, si quisieras 😉 Un fuerte abrazo
      PD: A lo mejor algún día me llega tu carta ¿No?

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