El cuerno del Unicornio

Me hace mucha gracia nuestro asombro e indignación por los rampantes casos de corrupción, que pringan a los grandes partidos en España (a los catalanes, que también tienen lo suyo, no los cito porque no los sigo tan de cerca). De Luis Bárcenas a la falsa columnista Amy Martin, PP y PSOE, tanto monta, etc. Y digo que me hace gracia porque parece que nos ha nacido la dignidad de repente, por generación espontánea, como si fuera el cuerno del Unicornio.

No es que no seamos dignos y decentes en España, por norma general. No estoy diciendo que seamos más fariseos y falsos que una moneda de tres euros. No todos lo somos y no pretendo que paguen justos por pecadores. Pero sí lo son muchos. Y me explico.

Un amigo, entre el cinismo, el cabreo y la guasa (porque no hay otra forma de tomárselo) me comentaba el otro día una anécdota. Le afeaba la conducta a un compañero suyo de profesión, por su imperturbable costumbre de meterse el 90% de las ganancias directamente al bolsillo. Sin declarar ni dar parte a nadie. Una contabilidad B de libro, vamos. Lo mismo que el Bárcenas, pero en muy modesto y sin sobres ni cuentas en Suiza. Mi amigo, con toda razón, le recriminaba su actitud, escasa visión y, si me apuran, su falta de patriotismo.

¿No crees que sería bueno para ti, que vives en las afueras de la ciudad, usar parte de tus impuestos para unos mejores transportes hasta tu zona residencial o para un parque donde juegue tu niño, que no esté tan lejos de casa? ¿Qué ocurre si, por algún motivo, tu hijo sufre una patología cardíaca y hay que operarle en un hospital público? ¿No lamentarías haber defraudado? ¿No entiendes que es tirar piedras contra tu propio tejado?

La respuesta es, a la par que simple, definitoria de la forma de pensar y actuar de una enorme cantidad de españoles:

Si mi niño se pone malo, prefiero tener dinero de sobra para llevármelo a operar a Alemania, Estados Unidos o donde haga falta

A la respuesta sumó una acusación de antipático y tocapelotas, dirigida a mi estupefacto amigo, que aún continuaba explicándome su visión de las cosas. Ha tenido la suerte de viajar y, hace un tiempo, en una estancia en Italia, le preguntaba a un oriundo el motivo por el que los italianos votaban aún a un personaje tan histriónico y de moral tan discutible como Silvio Berlusconi. La respuesta también resultó clarificadora

A mí me da igual que Berlusconi robe más o menos siempre y cuando, dejándole robar lo que él quiera, me deje tranquilo a  mí, para que pueda llevarme mi parte

Mi amigo me miró muy serio y me dijo: “En España llevamos siglos haciendo lo mismo, sólo que sin airearlo tanto”. Y no se estaba refiriendo al político de turno, cuya corruptibilidad se presupone – a pesar de que resulte tremendamente peligroso y triste el hacerlo – sino al ciudadano normal y corriente. Ese que, desde tiempos de la posguerra veía como normal, por necesidad o mal entendida picardía, la “trampa de la luz”; ese que da por sentado que quieres que te haga un trabajo sin factura y que te mira mal si se la exiges, como si fueras un extraterrestre.

El mismo español, indignado por la corrupción política, que teme a una inspección de Hacienda como a un nublado “por si le pillan”, porque a buen seguro tiene algo que esconder. Ese que no tiene conciencia de pertenecer a un grupo o a una sociedad, el mismo que envidia al vecino y que trata de fastidiarlo, que no puede ser menos que nadie a costa de lo que sea; que exige que se le ayude, si se ve en la necesidad, pero que es incapaz de arrimar el hombro.

Está en nuestra naturaleza, señores. Como especie y como nación. Parte de nuestro ADN lleva impresos el “Que inventen ellos”, el “Vivan las ca’enas'” y el “Ande yo caliente” Podemos bufar todo lo que queramos pero, hasta que no prediquemos con el ejemplo, la corrupción de los políticos, siendo extremadamente grave, no será el mayor de nuestros problemas. Antes de exigir regeneración y reforma moral a los demás hay que darse una buena ducha, que muchos apestan.

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1 comentario

Archivado bajo Extramuros, Política, Reflexiones e Idas de Olla, Sociedad Contemporánea

Una respuesta a “El cuerno del Unicornio

  1. No sé si llevamos al defraudador en el ADN, pero distamos mucho de otros países en cuanto a picaresca. Me da a mi que junto a los italianos y argentinos somos los reyes. Os pongo un ejemplo. Hace poco, cuando empezaron los cambios con el tema de los nuevos impuestos en medicamentos etc., una persona mas o menos cercana a mí y que es huérfana de padre nos decía en casa que si queríamos algún medicamento, que se lo pidiésemos a ella que su madre por ser pensionista nos lo sacaba, o bien gratis, o bien mas barato. Eso, señores, es fraude. Hace también unos meses, alguno mas que el anterior ejemplo, me entero que un familiar mio, muy cercano, tiene no sé qué coño puesto antes del contador de la luz en su vivienda y en su negocio para que no aparezca el consumo y pagar, solo así, una pequeñísima parte o el mínimo…Eso, señores, es fraude, y eso, además se lo ha instalado un electricista. Lo que ya desconozco es si el electricista está dado de alta en la seguridad social. Pero lo que sí es seguro es que lo que le cobró, lo hizo sin IVA. Más fraude en un solo ejemplo…
    Cuando esto de la crisis estaba empezando, Félix (Rivas), llegó a grabar el programa de la TV, flipando porque se había encontrado con una conocida y al preguntarle por el trabajo le dijo que estaba muy bien, que estaba cobrando el paro, pero que trabajaba en una academia a jornada completa, 800 €, pero sin estar dada de alta…eso es fraude.
    Cuando mi mujer ha estado dada de alta en alguna empresa, no voy a decir en cual, pero en varias, trabajando como diseñadora gráfica, en el alta de los seguros sociales aparecía como auxiliar administrativo, que es el que menos cotiza dentro de lo que viene siendo una oficina o similar…mas fraude…
    Hay un capítulo en el Lazarillo de Tormes en el que estaban Lazaro y el ciego comiendo un racimo de uvas, y el ciego le pega un pescozón a su acompañante y le recrimina por estar comiendo uvas de dos en dos. A los que el lazarillo le contesta que porqué sabia ese dato. A lo que el ciego le contesta: “porque yo comía de tres en tres y tu callabas”. Pues eso.

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