Aturdidos (I…)

Según es su forma de entretenimiento, así pueden entenderse muchos de los rasgos definitorios de una sociedad. Que el fútbol genere ingresos de cientos de millones de euros cada temporada, o que los ratings de audiencias televisivas “premien” programas cuyo principal atractivo es observar a famosos tirarse a una piscina desde un trampolín dice mucho – o muy poco – de nosotros.

Hubo un tiempo en que este aspecto en concreto de nuestros hábitos sociales me molestaba muchísimo. Me enervaba que tantos se perdieran tanto, por carecer del más mínimo grado de curiosidad e inquietud intelectual. Como es lógico, el paso de los años y el desarrollo de algo de empatía me ha enseñado, por un lado, a no generalizar y, por otro, a comprender que no todo el mundo puede compartir y entender mis opiniones, que no todos tienen por qué solazarse con lecturas de Popper, Camus o Chomsky. Porque esta postura no es más que otro cliché elitista y sin sentido que no beneficia a nadie. En los albores del siglo XXI el intelecto se bate en franca retirada, es así de sencillo y no cambiaré el mundo, solo desde mi atalaya. Pero que no utilice mi atalaya para despotricar, como un ayatolá integrista de medio pelo, no significa que no pueda aprovecharla como punto de observación. Para observar y sacar conclusiones de lo observado.

Que en un país con cinco millones de parados, casi seis millones de personas prefieran ver a Falete emulando a Weissmüller (o Esther Williams) por encima, no ya de leer a Ortega y Gasset o ir a la ópera, sino tan solo de salir a dar un paseo o de charlar con otro ser humano, de cualquier tema que pueda resultar interesante para ambas partes, es un síntoma claro de por qué no podemos salir de esta crisis tan rápido como nos gustaría. No sólo porque muchos de los elementos que perpetúan y enraízan la crisis escapan a nuestro control, sino porque carecemos de los elementos de juicio, de la perspectiva y la profundidad de miras que requieren la toma de conciencia de nuestra propia situación y la adopción de medidas firmes e inflexibles para que salgamos del hoyo de una vez. Que empecemos a hacerlo, por lo menos. Y no hablo de causas, sino de síntomas. Hablo de la elección que hacemos del camino, no de que el que propongo sea el único camino posible.

Es mucho más fácil centrar nuestra atención en los campos de fútbol, las pantallas de TV, ordenadores, iPads y Smartphone que pararnos un segundo e intentar entender por qué estamos aquí y cómo podemos escapar del atolladero. Pero los porqués de verdad, las razones profundas y las motivaciones que nos han encaminado por la senda del desconcierto y el aturdimiento intelectual. Un camino que se recorre con pasos muy cortos y durante mucho tiempo. No se ha llegado hasta aquí en dos días. Y no se trata de un mal endémico o un defecto typical spanish, eso es otro lugar común que no aporta nada. Se trata de que sin mentes inquietas, curiosas y formadas – o con disposición a formarse, al menos – es imposible exigir a quien dice gobernarnos. Porque aturdimiento y conformismo – yo prefiero llamarlo docilidad – suelen ir de la mano y, a una masa con el cerebro dormido es muy fácil venderle churras por merinas.

Y es bastante claro que todo comienza en la educación. Desde la de jardín de infancia hasta la superior. ¿No les parece curioso que, con independencia de su signo ideológico, las reformas educativas sean de lo primero que “tocan” las administraciones y los gobiernos? Y no se trata de copiar, sin más, modelos educativos que funcionan, como ya les he dicho en otra ocasión ¿No es extraño que, a más cantidad de jóvenes con preparación no se le asocie, de forma automática, excelencia en esa preparación, sana competitividad entre iguales, más oportunidades y más desarrollo, en definitiva? ¿Por qué España continúa con unas tasas de lectura lejanas a la media europea? ¿Por qué los más preparados tienen que huir? ¿Por qué, como ya he tratado en el Pasaporte, carecemos de figuras intelectuales que merezcan realmente ese nombre? ¿Es el aturdimiento mental inducido o escogido? Si es escogido, ¿tenemos derecho a quejarnos? Si es inducido ¿Por quién? ¿Vamos a seguir permitiéndolo?

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7 comentarios

Archivado bajo Cultura, Medios de Comunicación, Reflexiones e Idas de Olla, Sociedad Contemporánea

7 Respuestas a “Aturdidos (I…)

  1. Querido César, no seas petulante. Las generalizaciones siempre son malas, y sobre todo cuando se hacen desde lo alto de la atalaya, así, mirando desde arriba. Me parece que sacas conclusiones un poco precipitadas a partir del rating de la televisión —que, por cierto, no es un premio, es un dato de la gente que ve la televisión, sin más—. ¿De verdad es representativo? No sé. Podías haber buscado el dato de gente afiliada a alguna biblioteca, o el colectivo apuntado a gimnasios, o el grupo de radioyentes…
    Has elegido fijarte en el dato de la audiencia televisiva y de ahí infieres que la masa es estúpida —perdón, quiero decir que tiene «el cerebro dormido»— por preferir ver a Falete tirarse a una piscina en vez de salir a pasear con amigos o leer un buen libro. El caso es que un lunes a las 00.35 de la noche poca gente va a salir a pasear, porque el que más y el que menos está cansado a esas horas de trabajar, estudiar o buscar trabajo, y además tiene que levantarse el martes temprano para seguir trabajando, estudiando o buscando trabajo. De hecho yo mismo debo confesar que si no hubiera tenido que estar trabajando —leyendo, precisamente, libros extranjeros— a esas horas me habría puesto a ver a Falete.
    La televisión es un elemento de ocio gratuito donde el espectador elige lo que quiere ver. Ahora bien, elige de entre lo que le ofrecen, y la verdad es que entre lo que ponían a esas horas en nuestra «maravillosa» televisión generalista resulta incluso loable que la gente prefiriera ver saltos de trampolín —saltos de trampolín, ojo, deporte olímpico— al sempiterno Gran Hermano. Por otro lado, es lógico, porque al fin y al cabo la televisión es un medio de evasión y el punto más divertido de la noche probablemente sea ver a un travesti obeso saltar en trampolín.
    Hasta ahí la primera observación: la gente no es estúpida. Darlo por sentado sin considerarse a uno mismo parte de esa masa me parece un acto de petulancia. Estoy de acuerdo contigo, no obstante, en que nuestro sistema educativo no está pensado para formar bien a los jóvenes ni mucho menos incentivar la lectura. También habría que mirar, en este sentido, otros factores, como por ejemplo el precio de la lectura en nuestro país o la escasísima integración digital —en España puedes comprar un libro traducido a través de Amazon por 20 euros de media en tapa dura, también puedes descargar la edición digital por 8 euros, pero no en español…— Apunta este tema como elemento de acuerdo entre tú y yo, para cuando nos tomemos esa caña que tenemos pendiente.

    • Ese es mi Jean Cité! Así me gusta verte, llamándome petulante, no dándome la razón. Que eso de que estemos en consonancia permanente me preocuparía. Apuntas un par de cosas que son interesantes, para futuros “Pasaportes” (integración digital de los libros y precios, sector editorial, etc.), gracias por el aporte. Por cierto “leyendo precisamente, libros extranjeros” ¿Petulante? ¿Yo? ¿En serio? ¡Qué majo! A ver si cuadramos agendas, que hace meses que no te veo, “hombre-masa” Un abrazo

      • Si no te fuera sincero, ¿para qué comentar? No creo que leer libros extranjeros por obligación —obligación, insisto; creo que pongo claramente que lo hacía por trabajo— sea un acto de petulancia. Compadecerse de la ignorancia del vulgo por preferir ver a Falete a «solazarse con lecturas de Popper, Camus o Chomsky» sí me lo parece. ¡Ojalá pudiera yo solazarme en mi lectura!
        Hemos de cuadrar agendas con urgencia para que me expliques por qué me llamas «hombre-masa». Abrazote.

      • A ver, Jean:
        No sé si puedo considerarte amigo, pero sí un conocido al que tengo aprecio. No solo me gusta que comentes y seas sincero, es que no tendría sentido escribir, si no acepto comentarios como los tuyos. Podría bloquear todos los que no me dan palmitas y no lo hago.
        Alguien con tu cultura y preparación debería saber leer entre líneas y, conociéndome en persona, saber que si algo me caracteriza es no ser ni sentirme superior a nadie. Me gusta leer, pero no pretendo que todo el mundo sea como yo (algo que digo expresamente en la entrada). Alguien que me lee con regularidad, como es tu caso, alguien que sabe cómo soy y cómo pienso, como es tu caso, debería entender que no es sentido de superioridad frente a los demás, lo que me mueve, o lástima por la gente estúpida (algo que has dicho tú, no yo) Digo expresamente que antes generalizaba y que ahora no lo hago, porque es un error y no es el enfoque correcto.
        Hablo de que, además de ver la TV, que es legítimo y recomendable para “oxigenar” la cabeza, es recomendable buscar algo más, ser inquietos, tener curiosidad, etc.
        En fin, no voy a aburrir a los demás con un rifi rafe entre tú y yo, que no es eso tampoco. Lo de hombre masa era un chiste, no tenía intención de nada. Y lo de que leas libros extranjeros, por trabajo y obligación, también enriquece. Mucho ánimo con eso, por cierto, que sé que desgasta bastante.
        Abrazo

  2. Ele

    Suscribo, casi sin reservas, querido César. En cuanto a tu texto estoy muy de acuerdo en casi todo, excepto en el punto de vista con el que miras la educación. En mi opinión, sí es educación, pero no desde la primaria, sino desde casa. Por supuesto deberíamos revisar nuestro sistema educativo, pero en un muy alto tanto por ciento de los mortales, el interés, la curiosidad, las ganas de aprender, vienen dadas desde casa (padres, abuelos, hermanos, el vecino…). Lo que no quiere decir que desde la escuela no se pueda y deba reforzar eso, e incluso se pueda cambiar y propiciar un mejor ambiente.
    Y después de leer los comentarios con Jean Cité, tengo que decir, por un lado, que claro que no todo el mundo va a leer a Camus o Chomsky, ni falta que hace (ni creo que tú lo digas por petulancia), pero, sí creo que se puede tener gusto por leer, por ejemplo, novelas más fáciles como la novela negra que ahora está tan de moda, o ficción histórica magnífica como el último libro de P. Reverte. Digo, para que no se haga pesada la lectura.
    Sí me parece que la televisión 1. hay que verla, 2. no todo lo que ponen en ella es malo, 3. la gente, en general, especialmente en España, ve lo que le dan. Peeeero, creo que aún así hay posibilidad de elegir, si las opciones son lo de la piscina, o Gran Hermano, apaga la tele y habla con el que está sentado al lado en el sofá. Que eso también relaja y descansa después de todo un día de trabajo, estudio o búsqueda de trabajo. Cena tranquilamente charlando, escucha la radio, o incluso, ve una película, sin necesidad de apagar la tele. En estos momentos en España (no digo en otros países, y lo digo con conocimiento de causa), todo el mundo tiene un reproductor de DVD y puede alquilar una peli, o verla en Internet, o pedírsela al vecino/amigo/primo…

    Pues eso, que, como dices, lo importante, y lo que es un poco desesperanzador, es la falta de interés, la pasión y las ganas de aprender (y para tener todo eso da igual ser de la élite intelectual por herencia familiar, ser fontanero, o estar en paro, todo el mundo puede)

    • Gracias por comentar, Ele:

      Me sorprende gratamente que me leas y que te tomes la molestia de comentar. Te lo agradezco mucho. Confío que la próxima entrada (el jueves) aclare un poco más los primeros matices que he dejado caer aquí. Un abrazo fuerte

  3. petulancia.
    (Del lat. petulantĭa).
    1. f. Vana y exagerada presunción.

    Me he perdido por el camino algo. Si no, no lo entiendo.
    Creo Jean, amigo, que Cesar deja claro que no hay porqué leer a Popper o a Camus.
    Por otro lado, creo q tanto los saltos “olímpicos” como gran hermano son opciones detestables. En cuanto a salir de paseo, o charlar con amigos, al igual que elegir este programa son meros ejemplos. Y si, hay vida mas allá de estos canales. AXN , explora, etc..

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