De cuando me picó “el bicho”

Si hay algún loco que me sigue desde el principio sabe que no me lo invento, porque lo he dicho antes aquí. A veces dudo mucho de mí mismo, de mis objetivos, de mi lugar en el mundo, de las metas que me tracé en su día y que no sé si alcanzaré alguna vez. ¿La crisis de los 30, de los 40? O quizás sea la otra crisis, la de Merkel y Rajoy, qué se yo. Igual que me vengo abajo, también tengo momentos buenos y me animo con poquito. Hoy me he acordado de un episodio que contribuye a esto último.

Hace bastante. Ya llevaba un par de años en la ciudad donde vivo (de donde soy, casi sin quererlo). Creía que había soltado amarras del nido materno, aunque la realidad me demostrase, años después, que eso no sucede nunca. Que no debe suceder, de hecho. El caso es que estaba lejos, muy lejos de las miradas escrutadoras, las lenguas chismosas, el salitre que nublaba la vista y el sol que resecaba el cerebro. Cuando se es de un sitio pequeño, como yo, romper el cascarón es una catarsis, un reto que te llena de miedo pero del que, pleno de inconsciencia y juventud, disfrutas a pesar de todo. Dos años de Universidad dan para mucho. Para muchísimo. Asentaron los cimientos de lo que soy, pero académicamente fueron un desastre. Muchos profesores que me soportaron, después de aquello, dudarán de que la cosa mejorase con el tiempo, pero no hablo de eso.

Llegué a la facultad de Derecho, si no por imposición, sí por recomendación encarecida de mi padre, santo varón. Había iniciado mis tropelías en los medios con 15 años (antes, en realidad, pero no de forma seria). Mi padre vio mi pasión y notó enseguida la “querencia” que me movía desde bien temprano: me había picado “el bicho”. Sabio, como toda la gente mayor, intuyó que aquel no era el camino más apropiado para un primogénito, un retoño con más dificultades en la mochila que los demás, por añadidura.

Trató de encauzarme por el camino “fácil” y trillado de los legajos, los despachos forrados de roble y las firmas de recursos, a tanto el folio y la hora de pleito. No puedo culparle, desde luego. No olvidaré una de sus frases recurrentes: “eso del periodismo está muy bien como entretenimiento, como hobby. Tú estudia primero. Si puedes, consigue un puesto en la Administración y luego dedícate a lo que quieras en tu tiempo libre”. Igual tenía que haberle hecho caso, quién sabe.

En primero de Derecho sólo se impartían cuatro materias. Y no aprobé ninguna en dos años. No fue hasta entonces cuando tomé la primera decisión realmente adulta de mi vida. Le planté las notas a mi padre delante y le dije que aquello no era lo mío y que lo sabíamos ambos. Imagino que le costó bastante más a él darme el visto bueno que a mí plantarme delante del manual de Historia del Derecho. Pero así es el amor de padre, ya saben. Accedió, bendito sea.

La que vino después fue otra batalla bien distinta, pero tengo que darle las gracias. Por tragarse su miedo, que era mayor que el mío, y dejarme ser lo que las tripas y el corazón me pedían. Por no negarme aquello que me hace sentir bien. No importa que no ejerza como plumilla, que la crisis y la vida me aparten del teclado, de la redacción, del micro o de la cámara.

Seré periodista hasta el día que me muera. Y sólo sé que vivo – o malvivo, pero ya me entienden – cuando cuento cosas. No sé si lo reconocerá, pero no podrá negar que el pecho se le ha hinchado alguna que otra vez de orgullo al leerme o escucharme. Y que alguna lagrimilla se le ha escapado, también. Todo aquello que logre en el futuro se lo deberé a él y a mi madre – de la que hablaré otro día, quizás -. Gracias por no negarme lo que soy, papá. Esto es lo que me hace correr la sangre por las venas, aunque nunca seré rico. Con saber que no te avergüenzas de mí, me vale.

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3 comentarios

Archivado bajo Periodismo, Reflexiones e Idas de Olla

3 Respuestas a “De cuando me picó “el bicho”

  1. Jaime Peña

    De bien nacidos…Un lujo,amigo Cesar

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