Exhibicionistas

Si, mientras paseo por la calle, alguien se me planta delante, se abre la gabardina y me enseña sus vergüenzas tengo la opción de ofenderme – no ocurriría, pero es un ejemplo – y la potestad de presentar una denuncia por exhibicionismo. Es un delito sexual poco frecuente pero antiguo y que persiste, asociado, erróneamente o no, a tipos desesperados, sórdidos y enfermos. Y bastante solos.

Pues (casi) todos somos exhibicionistas. No es que vayamos por ahí aireando los genitales, algo que sería motivo de mofa en muchos casos, sino ventilando casi cualquier detalle de nuestras vidas. Una práctica nefasta – a la que yo mismo sucumbo, no lo niego – potenciada por Internet, las redes sociales y los dispositivos móviles “inteligentes” (las comillas están puestas a posta). Nos encanta dar a conocer dónde estamos, con quién, qué comemos, qué bebemos y qué local tan chulo visitamos para tomar un Gin Tonic de diseño cool. Porque todos somos cool, o pretendemos serlo.

pies-en-la-playa

Y esa es la madre del cordero. No se trata de que hayamos perdido cualquier sentido de la esfera de la privacidad (que también). Se trata, en mi opinión, de un ejercicio de un patetismo tal, que resulta casi cómico y del que no sé si somos del todo conscientes. Parece que necesitamos gritarle al mundo:

— “Mira, me estoy tomando un Daiquiri de puta madre en una playa paradisíaca, ¿a que tú no? ¿No tienes vacaciones? Te jodes, porque yo sí”
— “Mira, soy tan guapo/a y tengo tan buen cuerpo que te voy a enseñar todo mi guardarropa en unas cuatrocientas fotos, en poses sexy adolescentes, aunque tenga 43 años. ¿Estás gordo/a? ¡Te jodes! Mira qué bien me queda el top y qué morritos tengo”
— “Mira, estoy tan bueno/a que, solo por diversión, voy a compartir contigo fotos cuasi pornográficas. Tengo pareja, pero te jodes, porque es lo que me apetece enseñarte, aunque no esté a tu alcance”
— “Mira qué bien me lo paso con mis amigos. Aparecemos en las fotos bebiendo y haciendo el gilipollas y no sé si son mis amigos de verdad, pero parecemos felices ¿A que sí? ¿Estás solo en casa? Mala suerte, porque soy molón y me emborracho todos los fines de semana”
— “No tengo ni idea de gastronomía ni de fotografía, pero me he gastado una pasta en este restaurante y, como soy moderno, tengo Instagram. Y vas a saber cómo son todos los platos del puto menú de degustación. Por mis cojones. ¿Estás en paro y te van los bocatas de calamares? Te jodes, porque soy feliz”

Y, en la mayoría de los casos no es verdad. Porque casi nadie es taaaan feliz. La felicidad es una quimera y, de existir, está en cosas que no caben en una foto y que, si eres medianamente inteligente, preferirás guardarte para ti y no compartir, porque es algo intenso e íntimo; y porque no hará falta hacerlo. Si eres feliz de verdad, se nota en cuanto entras en la habitación, tanto si tú quieres como si no. En realidad estamos tan centrados en la tramoya, montamos con tanto cuidado el castillo de naipes de lo que pretendemos hacer ver al mundo, que nos olvidamos de enseñarles a los demás quiénes somos de verdad, algo que en muchos casos no es cool, moderno, ni mola, pero puede ser apasionante. Sobre todo porque es honesto. Porque es de verdad.

Es cierto que mi vida es bastante asquerosa, que no tengo cosas cool que compartir, pero no es éste un discurso de amargado resentido. Lo juro. Lo único que digo es que estaría mucho mejor el mirar nuestra vida en perspectiva y con sinceridad, ver qué parte de ella merece la pena compartir y, con ello montar una comunidad de seres humanos honestos en los que cada uno pueda crecer y ser mejor, con las experiencias del otro. Y si no tenemos nada que compartir, no forjar una mentira. De momento no somos más que un puñado de borregos, con sonrisas congeladas y, detrás de la máscara de anodina felicidad impostada, un grupo de seres igualmente desesperados, sórdidos (en una extraña manera), enfermos y definitivamente solos.

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13 comentarios

Archivado bajo Reflexiones e Idas de Olla, Sociedad Contemporánea

13 Respuestas a “Exhibicionistas

  1. Asun

    Completamente de acuerdo. Un ejemplo básico es que alguien grite ‘foto’ y todos nos sonreímos y nos agarramos’. En cuanto salta el flash volvemos a tener cara de palo y centrarnos en nuestros asuntos (casi siempre en el móvil).

    • Exacto. Porque, como digo, estamos cada día más solos. Y somos cada día más falsos. Sin necesidad. Todos tenemos cosas apasionantes que contar. Esto está lleno de cosas buenas, y de buena gente. No de “maniquís” que aparentan vivir el sueño americano de las películas. Gracias por comentar, Asun

  2. La honestidad es un lujo que pocos se pueden permitir. Internet es la excusa perfecta para construirse un personaje a la medida de tus carencias y tus más oscuros vicios. Aunque haya gente que no tenga necesidades de aceptación, que los hay, es un modo como otro cualquiera de subirse el ego a costa de otros.
    No les culpo. No nos culpo.
    Lo que pasa es que ahora, gracias a los dispositivos “in inteligentes” , el público al que accedemos es universal, la platea es inmensa; luego el subidón es mayor.
    A mi me suele importar una mierda lo que otros hagan con sus vidas o sus vergüenzas, pero el hecho cierto es que, sin pretenderlo, también sacian nuestra sed vouyerista.
    Por eso triunfan los programas y la prensa de “las vísceras”. Ha existido siempre, sólo que en ámbitos más reducidos.

    • Tan cierto como que mañana sale el sol. No sé en qué lugar nos deja eso, como seres humanos y supuestamente inteligentes, pero es que soy tan capullo que aún creo (a días) en las capacidades que tenemos como seres humanos. En nuestra valía, nuestro potencial para ser cojonudos (que hay muchos) y no mediocres. Soy un iluso, lo sé. Así me va como me va. Gracias por comentar, K.

  3. Querido, deja de joder. Por un momento pensé que tu post iba dirigido a criticar la superficialidad del postureo; la banalidad del instagram; la vacuidad del chuleo de playa y smartphone, de piscina y Samsung Galaxy. Y de hecho le he entrado con agrado, fíjate. Pero entonces has cambiado una vez más el foco: del patetismo ajeno has pasado al propio y, sin querer, has terminado hablando de ti y cayendo en una impostura semejante a la que críticas. Sí, querido, sí. Hablas de soledad tú, que tienes el lujo de merendar con amigos a golpe de whatsapp —haz la prueba, ya verás—; hablas de vida asquerosa tú, que tienes el lujo de la salud y el tiempo y la voz —los que realmente sufren en esta vida, querido, te aseguro que no tienen un blog donde contarlo—; hablas de la desgracia y la soledad y casi se me antoja un postureo más: el del triste, el del pobrecito, el de míralo qué pena y qué solito y qué cosas más oscuras escribe…; y además te atreves a decir que no tienes nada cool que compartir justo una semana después de hacerte un instagram bilingüe y además tener un bigote bicolor —que es lo más cool que hay desde las pupilas de David Bowie: si yo lo tuviera le haría una cuenta de Twitter monográfica—. Deja de joder. Levántate ya de ese polvo en el que te estás rebozando y ponte a leer, a salir, a charlar, a ver buen y mal cine, a invitar a tu amigo Cité a copas, a viajar y ver museos y calles y mercados y mercadillos. Deja de joder y ponte a comer lo que comen en otros lugares, prueba, disfruta, experimenta. Deja de joder y ponte a escribir, pero no como un blogger de vez en cuando: escribe por obligación y por devoción; un blog, un relato, una crónica o una novela. Y disfruta un poco, carajo, que se te pasa la vida entre queja y queja.

    PD: me alegro que hayas vuelto con el blog, y ni se te ocurra aprobar este comentario.

    • Sé que no querías, Jean. Pero estoy en la obligación de aceptar tu comentario. Básicamente porque TODO lo que dices en él es verdad. Y cuando se tiene razón, se tiene. Si caigo en el autopatetismo y el “darpenica” (que también es verdad aunque lo haga inconscientemente) me jode el doble, porque me educaron justo para lo contrario. Pero no siempre se tiene la misma fortaleza, ya sabes. Oye, una cosa. Y que SÉ QUE NO ESTOY SOLO, nunca lo he estado. Tengo esa suerte. Pero “yatusabeh” malos momentos. Ya quedamos y refrendas físicamente este merecidísimo tirón de orejas que me acabas de dar. Un saludo Cité

  4. ¡También podéis quedar conmigo eh! Aunque me haya gustado el texto (por joder, también, que ya sabéis que me gusta, con honestidad, eso sí). Postureo malo… 😛

    Abrazos a diestro y siniestro (Ciudad,y Brit, por supuesto ^^).

    D.

    pd: por cierto, ahora que he escrito Brit me han entrado ganas de recomendaros un cómic. “Brit” (http://www.aletaediciones.com/galerias/brit/galeria_brit.htm). Un tebeo pasado de rosca que merece mucho la pena. Ahí lo dejo.

    • Huy, el Ciudad y el Matos “tugeder”, esto huele a quedada desde kilómetros. Ahora ando un poco tieso de disponibilidad, pero en cuanto pueda podéis contar con vernos. Gracias por la recomendación y el comentario, Diego. (Y para de escribir libros ya, que me tienes asustao) 😉

  5. César,,pero como me voy a enfadar contigo? si cada vez que escribes se me ponen los pelos de punta,porque dices verdades como puños,decia mi abuela que a la gente hay que contarle las cosas al revés,que el quiera saber que vaya a misa,besitos

  6. Estoy bastante de acuerdo con tu artículo, amiguete Cae. Peroooooo… creo que siempre hemos sido exhibicionistas. En general. A todos nos gusta ser vistos, ser admirados, presumir de lo que tenemos y, evidentemente, ocultar carencias y basurillas mentales bajo una pudorosa alfombra. Sólo que ahora los medios para exhibirnos son infinitamente más rápidos y potentes que antaño. Y sí, hay un componente de “mira qué bien estoy yo, jódete, cabroncete…”, uno no es tan zoquete como para no darse cuenta de que cae en la trampa con demasiada facilidad, pero lo único que nos diferencia de los romanos que patrocinaban monumentos, templos y teatros hace 2.000 años dejando constancia de su patrocinio, por poner un ejemplo, son los medios para pegarnos la “vasilada”, como ya he dicho antes mucho más potentes y más asequibles al populacho. Por cierto, para tu información, estoy escuchando “Arponera”, tomando un té y fumándome un cigarrillo, y más a gusto que un pato. Eso sí, entre nosotros, lo estaría más tomando unos vinitos con vuesa merced y compartiendo unas charlas y unas risas. Buen artículo, compare.

  7. Muy buenas otra vez.

    Me he reído mucho con este post. Es algo que mi marido y yo hemos comentado, (criticado, para ser sincera) varias veces, pero no habíamos terminado de bautizarlo. Con tu permiso, me quedo con el título, es genial. Exhibicionismo digital… pero del malo. No hay palabra que defina mejor ciertos comportamientos “feisbuqueros”. Esos que hacen que pierdas la fe en la raza humana. Menos mal que hay vida más allá y a veces ves cosas que hacen que la recupere un poquito.
    Internet es un arma de doble filo, un escaparate en el que muchas veces, sin darnos cuenta, mostramos justamente lo contrario de lo que pretendemos.
    Ya sabemos como sigue aquello de “dime de lo que presumes…”, si es que el refranero español está lleno de sabiduría.
    Por cierto, la foto que has elegido, chapó. Esos pies manchados de arena, observando el horizonte mientras, al fondo, rompen las olas en un maravilloso día soleado … que envidia ¿no? Lo malo es que, lo más probable, es que estuviese el crío justo detrás peleándose con su hermana y berreando porque le ha quitado el cubo y la pala para hacer un castillo de arena por enésima vez, y la suegra diciéndole: “anda, deja de hacer fotos y haz caso a tus hijoooos”. Pero esa parte del cuento me la guardo, ¡que a nadie le importa!

    Un saludo.

    • Hola de nuevo Rocío:

      He visualizado perfectamente el dilema moral “Postureo” VS. “Madre maruja” XD Me he reído mucho porque, como dices… la vida misma. Y de eso no habla nadie, claro. Un abrazo

      C.

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