Hooligans

La violencia es dañina para el sistema democrático de cualquier país. De éste, también. Y no está únicamente en Gamonal, ni es la más antigua ni la más difícil de extirpar. Una manifestación se puede disolver a base de porrazos y tanques de agua a presión. Pero, cuando los partidismos se convierten en adoctrinamiento, cuando ese adoctrinamiento también es violencia ideológica, porque la confrontación no es de ideas, sino de «enemigos»…, tienes un problema serio, como sociedad.

Cuando la violencia está en tu cabeza, porque no concibes que haya quien piense distinto — o, sencillamente, que piense y lo exprese —, entonces, no eres un ciudadano productivo para una democracia. Eres un hooligan político. De ellos se nutren y viven los partidos, las redacciones de periódicos, los despachos de quienes mandan en los medios y los salones de muchos hogares, aparentemente normales. El hooligan político no tiene ideología, tiene un credo cuasi religioso, seguro de que pertenece a un grupo determinado, en el que se arropa y confía ciegamente. Los «buenos». Sin pensamiento crítico, sin escisión, sin duda… con la fe del carbonero. Irracional, interpreta cualquier comentario, cualquier dedo señalador, como un ataque a la línea de flotación en lo más hondo de sus convicciones. No tanto porque sean suyas, las convicciones cuestionadas, sino porque la voz la alza alguien del otro «bando». Muchas veces sin saber si ese otro pertenece, efectivamente, a ese bando. Sin saber siquiera si existe «bando» más allá de su mente enfermiza.

¿Por qué digo esto? Pues porque, mientras el presidente de mi Gobierno era entrevistado en televisión, haciendo lo que, para mí, es un ridículo considerable, me dedicaba a destilar comentarios con algo de ironía e indignación en mi cuenta de Twitter. Uno de ellos es el que sigue (clic sobre la imagen para agrandar)

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Poco después, recibía esta elocuente y aparentemente incomprensible respuesta, de alguien a quien no tengo el gusto de conocer personalmente, ni seguir en esa red social (clic sobre la imagen para agrandar)

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El argumento esgrimido, según yo lo interpreto, puede traducirse, en roman paladino, como: «el partido en el Gobierno ganó las elecciones con mayoría absoluta. Os jodéis porque es lo que hay. El rodillo parlamentario, manda» Además, la referencia a zonas «rojas» y «azules» incide sutilmente en la dialéctica de territorios, facciones y trincheras. Esa dialéctica tan arcaica e irracional, tan cainita. Esa «lacra» tan nuestra, tan inherente a nuestra naturaleza y de la que parece imposible deshacerse. A esta persona, que incluso se toma la libertad de llamarme «amigo» y que da por sentadas y sabidas mis preferencias ideológicas y mi voto, no he podido responderle de otra forma más que así (clic sobre la imagen para agrandar)

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Más allá de este inofensivo rifi-rafe, me viene a la cabeza un fragmento de una obra de Noam Chomsky, que ya he colgado en este blog con anterioridad

«Los términos del discurso político, en general tienen un doble sentido. Por un lado está la definición del diccionario y, por el otro, el significado doctrinario que sirve a los intereses del poder.
Tomemos como ejemplo la palabra ‘democracia’ De acuerdo con el sentido común, una sociedad es democrática si la población puede participar de modo significativo en las decisiones que la conciernen. Pero el significado doctrinario de la palabra ‘democracia’ es distinto: hace referencia a un sistema en que las decisiones son tomadas por sectores de la comunicad empresarial y de las elites relacionadas. Como explican Walter Lippmann y otros teóricos de la democracia, el público no es ‘participante’ sino solamente ‘espectador de la acción’. Lo único que puede hacer es ratificar las decisiones de sus superiores y brindarle apoyo a uno u otro, pero no puede interferir en las decisiones que no le incumben (como las de las políticas públicas)»

Y también éste otro de Bertrand Rusell, de sus Ensayos Escépticos

«Los políticos no ven atractivo alguno en un punto de vista que no se preste a las soflamas partidistas, y los mortales comunes y corrientes prefieren adherirse a aquellas opiniones que achaquen los infortunios a las maquinaciones de sus enemigos. Por consiguiente, la gente combate a favor o en contra de un conjunto de medidas notablemente irrelevantes, mientras que los pocos que sostienen una posición racional no son escuchados debido a que no halagan la pasión de ningún grupo […]»

No importa lo bien o mal que lo hagan nuestros políticos, no importan, ni Gamonal ni el 15-M. Da igual un partido u otro. Mientras siga existiendo el hooliganismo político estamos perdidos y, el que un presidente o ministro —sea cual sea— diga que es rojo, azul o verde con topos rosas, no hará otra cosa que poner una venda distinta, para tapar una herida que supura, pero que no cicatriza y que no queremos cauterizar.

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6 comentarios

Archivado bajo Medios de Comunicación, Periodismo, Política, Reflexiones e Idas de Olla, Sociedad Contemporánea, Televisión

6 Respuestas a “Hooligans

  1. A ver, a ver, que yo me entere: según veo en este diálogo hay alguien que insulta y pierde las formas y alguien que no. Vamos a intentar averiguar quién es quién.

    Tú llamas «tontos» e «imbéciles» a todos los que estaban viendo a su presidente —su presidente, para bien o para mal, le votasen o no— en unas de las poquísimas ocasiones en que habla con un periodista sin mediación telemática o censora, un desconocido te llama «amigo» y te recuerda que es nuestro presidente —sí, es suyo y nuestro, de todos, para bien o para mal— porque así lo ha decidido la mayoría parlamentaria que hemos elegido nosotros de forma democrática, ¿y el hooligan es él? No entiendo.

    De hecho, en tu tuit te debates entre qué es más tonto, si ver una entrevista a nuestro poder ejecutivo —sí, también eso, para bien o para mal— o directamente soportarle como presidente. Esto… ¿Qué quieres decir? ¿Que somos tontos por mantener y respetar pacíficamente los resultados de nuestro sistema político? ¿Somos tontos por aguantar lo que nos depara la democracia, para bien o para mal? Entonces, si la democracia es de tontos, ¿qué es de «listos»? ¿Tomamos el poder? ¿Alzamiento nacional? ¿A las calles? ¿A las armas? ¿Y el hooligan es tu amigo?

    Es cierto que el problema de los bandos y de los colores es grave, pero es nuestro sistema. Mientras se siga votando a partidos y no a personas, seguiremos en una democracia de segunda, pero ojo: eso es cosa del sistema, no es culpa de Rajoy igual que no lo era de Zapatero. Tampoco es culpa de la gente que los ve por la tele, carajo. ¡Deja de insultar a la audiencia, que muchos de esos también te leen!

    ¿Tenemos que aguantarnos? Pues sí. No hay otra, de momento. O eso, o participar del sistema para poder cambiarlo: votando, organizándonos, presentando alternativas. La otra opción, la de tomar el Palacio de Invierno, pues como que no lo veo, oye.

    • Aun de acuerdo con lo que dice el señor Cite (en líneas generales), te (os) acompaño en una trinchera que cada vez está más vacía: la de los comunicadores (el de periodista es un trabajo y un honor que me viene grande) que hincan la rodilla y abren los labios para darle satisfacción al poderoso. Es un juego de palabras torpe y cruel, pero a veces a uno le apetece pagar con la misma moneda que recibe de los medios de masas –de nuevo he de ser preciso y descartar una palabra: “comunicación” para no ensuciarla mezclándola en ciertos asuntos-.
      Tal como me esperaba de un medio privado, determinadas verdades hay que recibirlas envueltas en vaselina, porque si no, no entran. No hablo de nada en concreto y lo digo por todo a la vez. No menciono a nadie y pienso en Rajoy, Zapatero, Cospedal, Rubalcaba, Julián Lanzarote o Santiago Lucas-Torres (a quienes no acuso, Dios me libre: es más, espero que la Historia sea benévola con ellos. Que si es por mí, deberían responder de sus actos…).
      ¿Hooligans? Sí. Ellos y yo. Sus seguidores, sus detractores y los que crucificaron a Cristo. Ocurre que cada uno se queja donde le duele y, si uno nos mintió descaradamente, el otro es tan cínico que niega que está mintiendo.
      ¿Tontos? Un rato largo. Nos tragamos mentiras, cinismos y corruptelas, dando ya por sentado que es normal una cuota de corrupción en aquellos a los que hemos elegido para que resuelvan problemas y lleven a esta jodida y apolillad Piel de Toro al mejor puerto posible y que en realidad se dedican a trincar cuanto pueden y el que venga detrás, que arree.
      Ciertamente, la democracia (creo que lo decía Churchill) no es perfecta, pero es lo mejor que tenemos. Y eso lo sabe bien un pueblo que reclamaba por la fuerza y al grito de “¡Vivan la caenas!” la vuelta del peor hijo de puta que jamás ha llegado a rey (Fernando VII). También es verdad que me ciegan en exceso mis sentimientos –iba a decir mis cabreos, pero vamos a dejarlo estar-. Y no es mentira que he dejado de creer (si es que alguna vez lo hice) en el absurdo sistema español.
      ¿La solución? Tal vez no callarnos, ser ruidosos, dentro del respeto, cundo seamos minoría (del color que sea) y escuchar con el mismo respeto cuando estemos en el poder. Unos y otros: aquí no hay diferencia de siglas, colores, colocaciones, regiones o terruños.
      Es eso o dejarnos de copiar las gilipolleces americanas y empezamos a quedarnos con lo que de verdad los diferencia y que hace del suyo un país con determinados ejemplos que deberíamos seguir (lo apunta Jean: “Mientras se siga votando a partidos y no a personas, seguiremos en una democracia de segunda, pero ojo: eso es cosa del sistema, no es culpa de Rajoy igual que no lo era de Zapatero”.
      Y que no quiero jugar a un juego con cuyas normas no estoy de acuerdo. De este modo, en las próximas generales votaré en blanco y cuando ya no pueda defenderme, me voy a un país más civilizado. No creo que sea difícil.

      • Estimado Landeans:

        Gracias por comentar. Veo que tanto tú como el amigo Jean, en el fondo, comparten cierto grado de indignación con lo que se comenta aquí. Ahora la pregunta es ¿Cuándo vamos a HACER ALGO?

        PD: De los aspectos puramente periodísticos, de la señora Lomana y demás… he preferido no comentar nada. No soy quien para criticar la labor de un compañero que, a saber a las presiones a las que está sometido y que no puede hablar con tanta libertad como cualquiera de nosotros. Como yo, al menos, que estoy en paro y no le importo a prácticamente nadie. Pero si algún día me da por ahí… también habría para hacer más trajes que en el guardarropa de Camps. Un abrazo

    • Estimado Jean:

      Gracias por comentar y, sobre todo, gracias por hacerlo para poner los puntos sobre las íes. Que los halagos constantes debilitan. Vayamos por partes:

      1) Es cierto que he dicho «somos» cuando lo más apropiado habría sido «soy». Como siempre, tan atento al detalle y atinado. Es cierto que puedo haber provocado algún gesto de desagrado como el tuyo y, apoyado en tu incontestable argumentación, también comentarios como al que hago referencia en la entrada y que la ha originado.

      2) Sé que todos tenemos que respetar el juego democrático, aceptar al Ejecutivo y la presidencia —la actual y las precedentes, que también… telita— De hecho, algún comentario en facebook me hacía ver que este señor me interpelaba en Twitter posiblemente, no con intención de regodeo, sino como llamada de atención siguiendo tu línea de razonamiento: «Los españoles que votaron le votaron a él, hay que respetar las reglas» Es lo que dices en tu comentario. Cierto. Quizás el error en la apreciación haya sido mío, de base. No obstante

      3) Realmente ¿Merece la pena «respetar» las reglas de un «juego» en el que no podemos participar. No de manera efectiva, al menos?. Porque nuestra legislación electoral favorece a los grandes partidos que, como es lógico, dominan las herramientas e instrumentos para que el sistema que les alimenta y sostiene lo siga haciendo sin que se modifique lo sustancial. ¿O acaso crees que van a permitir cambiar la Constitución, para quitarse cuota de poder?

      Con esto no quiero decir que haya que romper el sistema —del mismo modo que no he estado atinado en mi punto de partida, no puedes estarlo tú, dando por sentado que llamo al alzamiento nacional y a la toma de La Bastilla—. Me conoces mejor que cualquier lector y sabes que no soy de esos (aunque con ganas me quedo, visto lo que hay) No hablo de no respetar el sistema. Hablo de que el sistema está enfermo y que, la posición de hooliganismo (EL AUTÉNTICO TEMA CENTRAL DE LA ENTRADA) no ayuda a ver con claridad la urgencia en la necesidad de cambiarlo POR COMPLETO. Quizás haya dado la impresión de que criticaba el hooliganismo haciendo gala de él. Pero que lo digas tú, que me conoces y sabes que es radicalmente lo opuesto a mi intención… francamente…

      4) ¿Aguantarnos? ¿Cuánto tiempo? ¿Por qué? ¿Participar en un sistema que no funciona para cambiarlo? Espero que veas la perversidad de este recurso lógico circular, que es el que ha perpetuado —y perpetuará— a «La casta». Es una pescadilla que lleva treinta años mordiéndose la cola y que nos ha traído hasta aquí. «La casta» lo sabe. Y nosotros, pero no hacemos nada.

      Un abrazo, compañero

      • Por seguir el arabesco:

        1. El problema de tu tuit no es el sujeto, si singular o plural. El problema está en un error de planteamiento: tanto respetar el sistema democrático como ver la entrevista de nuestro presidente por TV no son ni tonterías ni imbecilidades, las hagas en solitario o en colectivo. Son, de hecho, actitudes que me parecen muy positivas. El desagrado no es porque insultes al respetable —que también—, sino porque llevas al tuiteo un planteamiento erróneo, demagógico, exaltado e irracional. Un planteamiento muy Hooligan, si me lo permites.

        2., 3. y 4. Es falso que el sistema no nos permita la participación. Cada pocos años participamos. De hecho podemos participar mucho más afiliándonos y formando nuevas agrupaciones. El sistema, tal y como está planteado, permite cierta regeneración. No tanta como debería, pero la sustancial sí. Claro, para eso es fundamental solucionar un problema anterior: la independencia de nuestros anestesiados medios de comunicación.

        Hace falta un periodismo crítico y de verdad que transmita al conjunto de la población la realidad del sistema, porque hay mucha gente mal informada. LA REALIDAD. Por ejemplo: en las elecciones no votamos a candidatos —de hecho ni siquiera es correcto hablar de «candidatos»—, votamos a listas cerradas y bloqueadas, votamos a partidos; en las elecciones no elegimos al presidente —de hecho ni siquiera debería llamarse «presidente»—, elegimos al Parlamento —legislativo— y éste, en nuestra representación, elige presidente al cabeza de lista del partido más votado —aunque no tiene obligación, puede elegir a cualquier otro—… etc.

        Mientras sigamos teniendo medios que tan solo vocean lo que les dicta una pantalla de plasma, sin preguntas, sin crítica, sin independencia… pues probablemente el sistema no pueda regenerarse, porque sin periodistas no hay periodismo y sin periodismo… ya te lo sabes.

        Y ahí es donde entra de nuevo la paradoja de tu tuit: criticas de forma un tanto vehemente uno de los pocos actos de periodismo más o menos libre e independiente a los que se ha dignado a someterse nuestro presidente; criticas, no ya que tengamos que aguantarlo —allons enfants de la Patrie,le jour de gloire est arrivé!—, sino incluso que veamos una entrevista periodística en TV con una profesional de carrera.

        ¿Desde cuándo estar frente a la pantalla cuando nuestro presidente responde a preguntas periodísticas puede considerarse una imbecilidad?

        Dicho todo esto, como te conozco, doy fe de que lo que piensas no es tan hooligan como pueda parecer; que no eres tan incendiario como te tildan en otros lares y que, en el fondo, a veces tuiteas desde las vísceras, como todos los demás.

      • Gracias Jean:

        Total, que mejor no vomitar, como suelo, sino pensar dos, tres, cuatro…cien veces. Sí. Debería. Pero sabes que no sería yo. Gracias por desmitificar esa errónea imagen mía de libertario (Que un poco, sí, pero no tanto)

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