(Sub)desarrollo Personal

Supongo que es inevitable, convivir con ellas. Porque las modas son lo que son: un conjunto de prácticas, productos y tendencias de comportamiento — incluso personas — que alguien decide que «molan» y a cuyas faldas nos aferramos todos como borreguitos obedientes. Pueden durar más o menos, pero nos engullen a (casi) todos. Sucede con la gastronomía de alto nivel, con el «postureo» social, con los Gin-Tonics, con los «selfies», con el «running»…

En el contexto socioeconómico actual, con un montón de gente pasándolo francamente mal, en su trabajo y en su vida, con una ausencia alarmante de referentes morales y de comportamiento sensato, las crisis personales, profesionales y espirituales salen de cada rincón como setas. Y en ese caldo de cultivo ha surgido, enhiesta, la redentora figura del «coach» (entrenador o experto en «desarrollo transpersonal»).

El «coach» suele impresionar por su aparente capacidad para entender y solucionar problemas tan heterogéneos como un mal momento empresarial, un bloqueo mental, una bronca con la parienta, un nivel bajo de autoestima o la incapacidad para ligar en las discotecas por las noches; si además viene aderezado por el apellido «emprendedor» es considerado todo un Mesías. Porque ha superado nuestros mismos problemas, al parecer, y ha salido victorioso. Triunfa en la vida y en el trabajo, sonríe, es feliz, le va bien y, además de eso, es capaz de ponerse en pie delante de un auditorio repleto de personas perdidas y angustiadas — o tan sólo curiosas —, a contar su experiencia. A predicar con su ejemplo e impelirnos a actuar, a imitarle. A triunfar.

Vamos a ver. Yo respeto que cada uno dirija su vida como buenamente pueda o quiera. Y que se busque las habichuelas, claro. Que la cosa está muy jodida. Conozco de cerca a «coaches» y a gente que confía plenamente en sus «enseñanzas» y no cuestionaré ni a unos ni a otros. Pero lo mismo que alguien se puede tomar la libertad de decirme por qué soy tan imbécil de no triunfar, emprender, reinventarme, renacer y toda esa mierda… también podré tomarme la libertad de opinar desde la platea, desde el lado contrario al escenario del triunfador.

Para mí una inmensa mayoría de «coaches» son chamanes de medio pelo, vende-motos profesionales a tanto la charla de motivación. Personas oportunistas, con algo de carisma y soltura para la oratoria — no todos, que hay mucho mediocre, no crean — que han leído un poco de Filosofía, un poco de Historia y Psicología, algo de Religión, saben algo de espiritualidad oriental y han repasado un par de libros de citas. Muchos de ellos no hacen otra cosa que adornar lugares comunes — con fuegos artificiales de palabras y algún truquito de «magia» emotivo-emocional — de algo que todos tenemos. O deberíamos tener: sentido común. Somos tan imbéciles que dejamos que cualquier gilipollas avispado lo tenga por nosotros. Y le pagamos por ello.

Evidentemente, si mi vida no va bien es que hay algo que no estoy haciendo correctamente. No siempre es culpa del entorno, forma parte de mi propia basura interna. Mis fantasmas, errores, caídas y recaídas, mis complejos y mis fortalezas me pertenecen y las conozco mejor que nadie. No hace falta que venga un señor a escupirme a la cara que «si no avanzo fuera de mi zona de seguridad no podré alcanzar el éxito». No necesito saber, por una preclara mente iluminada que no es la mía, que «para hacer que las cosas cambien tengo que hacer algo diferente a lo que he hecho hasta ahora». Es muy fácil decir que es posible «reinventarse», que «mi lenguaje crea mi realidad» y que «el secreto está en las emociones y en los sentimientos» desde un estrado, a 800€ la charla de hora y media — por poner un ejemplo —.

Somos tan capullos que no nos sentamos tranquilamente a reflexionar sobre quiénes y cómo somos, qué problemas podemos solucionar y cuáles no dependen de nosotros; no se nos ocurre apagar el teléfono, guardar silencio y mirar a la cara a quien está con nosotros en la misma mesa. Hace mucho que no le prestamos atención a lo que sentimos, por nosotros mismos y por quienes nos rodean. Desde luego, vivimos rápido, angustiados, acosados por problemas y perdidos pero, en lugar de ser valientes, hacer autocrítica y ser honestos con nosotros mismos, acudimos a un curandero emocional de todo a cien que no nos conoce como nosotros mismos, pero que mete cumplidamente la mano en nuestra cartera.

¿Saben? No se me da mal hablar en público. He leído un poco de todo y quiero seguir haciéndolo. No me considero tonto, sin llegar a ser brillante, tengo unas cuántas experiencias vitales lacrimógenas y más carisma que mucha de la gentuza que va de «experta en desarrollo transpersonal» por ahí. Debería dejar de perder el tiempo escribiendo un blog, dejar de preocuparme por mis 60€ en la cuenta corriente, mis seis meses de paro restantes y mi ausencia de perspectivas vitales y profesionales; debería montar charlas de «coaching», venderles una cortina de humo a todos ustedes y vivir de puta madre. Que para engañar soy tan bueno como cualquiera.

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2 comentarios

Archivado bajo Reflexiones e Idas de Olla, Sociedad Contemporánea

2 Respuestas a “(Sub)desarrollo Personal

  1. Ele

    ¡Ole! A mi me sirves tú de “coach”, a lo mejor sí deberías pensártelo 😉

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