Vamos a contar mentiras (tralará)

Que por el mar corren las liebres y por el monte las sardinas ¿Se acuerdan de la tonadilla infantil? Pues hoy les hablaré de otras mentiras igual de «simpáticas». Voy a hablar de integración de discapacitados en el mercado laboral, del «respeto a la Ley» y demás entelequias que suceden a nuestro alrededor. Sean ustedes conscientes de ellas o no.

Hace unas semanas, el servicio de empleo me envió una carta postal, para darme aviso de una oferta de trabajo como redactor de prensa. Sí, damas y caballeros, el antiguo INEM oferta puestos de trabajo, no están ustedes soñando. Y sí, efectivamente, aún utilizan métodos tan modernos como el correo postal — aunque esa es otra historia —. El caso es que, siguiendo sus indicaciones, envié mi currículo. La oferta no me emocionaba, porque conocía la empresa, había trabajado con anterioridad para ellos y no las tenía todas conmigo. De todas formas, tengo la mala costumbre de comer y necesito los ingresos. Además, si no respondía a la oferta, el servicio de empleo podría penalizarme, por lo que no me quedaba otra.

Al día siguiente me llamaron de la empresa en cuestión. Como me conocen perfectamente, no me pidieron más datos, más allá de mi estatus de desempleado y mi disponibilidad geográfica en la ciudad donde opera el medio de comunicación. En principio, querían saber si podían contar conmigo para el proceso de selección. «Llamo a otros cuatro o cinco candidatos y te digo algo». Hasta hoy. No es algo que me preocupe, sinceramente. Como les digo… era casi un descanso no tener que plantearme el aceptar una oferta que no estaba entre mis principales preferencias. Por amigos en común — a quienes les dije que estaba abierto el proceso selectivo y a quienes animé a apuntarse —, supe que el candidato debía, forzosamente, contar con un mínimo de 33% de discapacidad reconocida, criterio que cumplo holgadamente. Sé que, tanto en la ciudad como en la Comunidad Autónoma, no hay muchas personas que cumplan con los requisitos exigidos. Si se presentaba la oportunidad, me llamarían, fuera plato de mi gusto o no.

Hace pocos días, otra amiga me alertó sobre una oferta similar, en la oficina virtual del servicio de empleo. No daban tantos detalles como en la ocasión anterior, aunque me inscribí como solicitante, por si acaso. Esta misma mañana, otro amigo me insistió sobre la plaza disponible — es lo que tiene tener amigos, ya saben — y, aunque el código de la oferta me sonaba, llamé a la oficina de empleo, para constatar que no se trataba de la misma oferta en la que ya estaba apuntado. Lo que el funcionario me contó sobre la oferta no tiene desperdicio.

Efectivamente, se trataba de la misma oferta en la que estaba ya apuntado. Y, efectivamente, se trataba de la misma empresa con la que ya había estado en contacto. Según este funcionario, las empresas de más de cincuenta trabajadores — como es el caso — están obligadas por la Ley 13/1982 de 7 de Abril (LISMI o Ley de Integración Social de Minusválidos), a reservar un mínimo del 2% de sus plazas de trabajo para personas con una discapacidad del 33% o mayor. En este caso, la empresa está solicitando aspirantes con discapacidad para, como es preceptivo, cumplir la legislación vigente. Pero la trampa es bien sencilla: los criterios de selección son tan estrictos que, pese a que existen candidatos con esa discapacidad, ninguno de ellos «responde al perfil». Cuando la empresa haga dos o tres intentonas sin obtener resultados (a sabiendas)… podrá saltarse la ley y decirle al Gobierno, o a los hipotéticos inspectores de magistratura de Trabajo, que no ha contratado a nadie, pero no por falta de ganas, que son muy buenos empresarios y muy concienciados y tal y cual. ¿Me siguen? ¿Se dan cuenta de la gran mentira de la integración laboral?. No hay sanción, no hay problema. Es que no hay discapacitados tan «especiales». Usando las palabras del funcionario que me habló «en román paladino» (sic), están «mareando la perdiz y aprovechando los huecos de una ley que está mal hecha». Es importante aclarar que, lo que me ha dicho este funcionario anónimo, está pasando y es tan real como el aire que respiran. No obstante, NO TENGO PRUEBAS fehacientes de que esto sea así, ya saben: España, charanga, pandereta y picaresca. Por eso no cito el nombre de la empresa ni doy más detalles, aunque me quedo con las ganas.

No todos los tullidos somos tan guapos, advierto

El caso es que, más allá de la Ley de Dependencia y otras patrañas gubernamentales semejantes, a los discapacitados no nos quieren contratar. Y las leyes que «obligan» a dar una oportunidad a gente preparada pese a su discapacidad… una mentira tan gorda como las liebres o las sardinas del principio. Quizás me estoy equivocando, pero los cinco aspirantes de mi Comunidad Autónoma seguramente continuaremos esperando una oportunidad para que nos «integren» en la sociedad y nos consideren «normales». Vamos… la sangre del unicornio. Ahora me va a tocar convencer a mi padre de que éste es, de que así funciona el mundo real. Confiado como es, el pobre hombre, del cumplimiento de la legislación y de la buena voluntad de políticos y empresarios, me va a costar un poco. Lo mismo que encontrar un empleo. A ver si lo logro.

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1 comentario

Archivado bajo Reflexiones e Idas de Olla

Una respuesta a “Vamos a contar mentiras (tralará)

  1. Fran

    Vaya panda de hijos de p….Te deseo suerte con la búsqueda de empleo.

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