Jornada de Reflexión

Mañana habrá elecciones municipales y autonómicas en toda España. De hecho, votar y trabajar – aquellos que puedan hacerlo – parece que es prácticamente lo único que podremos hacer en este país en 2015, con las generales en el horizonte cercano.

Cualquiera diría que el clima socio político es de agitación, de «oportunidad» o incluso – siendo algo pánfilos – de «ilusión»; conviene matizar y, cuando menos, poner los pies en el suelo: quien espere un nivel alto de participación en estos comicios puede irse bajando del burro. Hasta ese punto, puede haber llegado la desafección – horrendo término – y la deslegitimación de nuestra vida política. ¿Por qué este sombrío vaticinio?

Parece que Podemos – o alguna de sus marcas blancas – al igual que Ciudadanos, representan una alternativa para los votantes «vírgenes» y los indecisos. En mi opinión, para los del primer supuesto podría ser, aunque es más peliagudo y aventurado hacer adivinaciones con los segundos. Sobre todo porque Podemos y sus satélites han perdido fuelle, después de su sorprendente irrupción en el escenario político y mediático tras los comicios europeos. La excesiva exposición en los medios de comunicación, el «caso Monedero» y la subsiguiente espantá de Juan Carlos, aparte del entendible viaje al centro de la formación han supuesto un considerable desgaste. Muchos de sus potenciales votantes se han visto decepcionados por esta moderación de su discurso, quizás más permeables a golpes de timón y giros de 180º. Tampoco hay que olvidar que, con el paso de los meses, tanto en las formas como en dialéctica y en algunos tics, Podemos ha comenzado a parecerse peligrosamente a la «casta» a la que cita constantemente y que es diana de todos sus dardos. ¿Alguien duda que las disensiones internas, personalizadas en Pablo Echenique en Zaragoza y Manuela Carmena en Madrid, son un síntoma de que al hijo natural del 15M, ya en la adolescencia, le han salido granos molestos y contradicciones de carácter? Recuerden aquella afirmación de que «el cielo no se toma por consenso, se toma por asalto».

O nosotros o el caosA Ciudadanos, a pesar de su fulgurante ascenso en popularidad y éxito demoscópico, también le ha costado mantener el tipo: han tenido (y aún tendrán) que luchar contra sus adversarios políticos y contra sí mismos. Han tratado de convencer a todo el mundo de que son «nuevos» – afirmación totalmente falsa, pues la formación es anterior a UPyD – y han bregado contra la impresión de que, lejos de comportar una alternativa ideológica con recorrido, representan a la derecha tradicional, con ropajes remozados. Mismo perro… distinto collar. Por otra parte, el descalabro de UPyD ha alcanzado proporciones titánicas y, a su pesar, ha dejado de ser una opción para transformarse en una anécdota, una caricatura personalista, desbordada por los acontecimientos y por la miopía política de sus dirigentes nacionales.

Los mayoritarios PP y PSOE, a pesar de su innegable músculo, deberán celebrar el no perder las mayorías absolutas allí donde las ostenten y que los pactos no les supongan un desgaste mayor del que ya padecen, permitiéndoles continuar aferrados a la poltrona aunque sea con menos holgura. Los incontables casos de corrupción y los más de treinta años de alternancia en el poder son una carga demasiado pesada para casi cualquiera. Esta carga ha convertido a ambos partidos en gigantes que se tambalean y se necesitan mutuamente, para poder apoyarse en la espalda del otro y no desmoronarse, armados de clientelismo y dependencia económica de otros dirigentes, los de verdad: los que tienen el dinero y nos gobiernan sin urnas ni papeletas. Más evidente en el caso del PP, pero también en los discursos mitineros del PSOE, ha estado el consabido «mejor malo conocido que bueno por conocer» o lo que es lo mismo: «o nosotros o el caos».

Así las cosas, los pocos votantes que depositen mañana su papeleta en la urna, lo harán convencidos de que contribuyen a la consolidación democrática, de que están dando salida a «su» opción que, obviamente, consideran como la mejor o la única. Cuando en realidad todo parece cambiar… para que todo siga igual.

Los regímenes democráticos son, en esencia, una gran mentira. Están diseñados para hacernos creer que una votación, realmente implica participación y, en última instancia, decisión. Muy al contrario, no pasan de ser una timorata delegación en representantes incapaces.

Me pregunto si resulta tan irreal y anacrónico defender la desobediencia civil y la insurrección. Si es tan irresponsable – albergo ciertas dudas – pensar en una revolución en el sentido más amplio y literal del término. No debería serlo, de tratarse de un movimiento amparado por criterios de igualdad, apoyo mutuo, comunidad y construcción del bien común. Una llamada a la acción no puede traducirse en una insulsa pantomima con la que no hacemos otra cosa que ceder y despojarnos de un poder del que no hacemos uso, pero que nos pertenece de forma inherente por el mero hecho de ser humanos. Me pregunto si esa toma del cielo por asalto es un imposible.

Pero, obviamente, la acción directa implicaría compromiso, riesgo y una férrea voluntad; implicaría asumir que, todos y cada uno de nosotros, debería enfrentar sus propios miedos – esa burguesa comodidad de clase media nuestra – y, casi con total seguridad, la represión violenta del Estado, en sus múltiples formas y grados de intensidad. Se trataría de una lucha constante y algo suicida que casa mal con nuestra meliflua e infantilizada concepción de sociedad. Porque, aunque sabemos que todo el tinglado democrático es un castillo de naipes, nos resistimos a dar un manotazo. Aunque sabemos que eso de votar a unos partidos políticos vacíos no es más que un placebo para mantenernos callados y contentos, con la ilusión de que «lo importante es participar», nos negamos a pensar seriamente en otra forma de gobernar nuestras vidas. Lo máximo que hacemos es no participar, para manifestar nuestro disgusto. Cuando lo que quizás deberíamos hacer es comportarnos responsablemente por una vez, romper nuestras ataduras, cargar nuestro miedo a las espaldas y aferrar aquello que nos pertenece por nacimiento: el poder y la dignidad de una comunidad de seres humanos iguales que no puede vivir sus vidas a través de otros.

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