La cazadora de libélulas

Portada del libro "Sólo me acarician alas" de Asunción Escribano

Portada del libro “Sólo me acarician alas” de Asunción Escribano

Es de esas personas que pueden pasar fácilmente desapercibidas, emboscadas en el ajetreo diario de una ciudad, ya sea ésta grande o pequeña. Su constitución menuda, casi frágil – como las hadas de Christensen – puede hacer que temas romperla, si la atrapas entre las manos. Igual que las libélulas de las que hablaba el poeta, tan esquivas, hermosas y volátiles como la esencia que hace a la poesía misma ser lo que es.

Personas así aparecen en tu vida sin estridencias, casi pidiendo permiso. Con el tiempo te das cuenta de que, no abrirles las puertas de par en par, habría sido un pecado casi mortal. Cuando nuestros caminos se cruzaron yo era apenas un chiquillo, lleno de ilusiones, de sueños y con el corazón aún efervescente de palabras y de historias que contar.

En el aula, rodeada de futuros periodistas, no parecía intimidada por el ansia propia de las mentes jóvenes, aún sin moldear; por la ebullición de las hormonas a pleno rendimiento. No parecían importarle las urgencias de tantos mocosos como yo, que pensaban que iban a ser las rutilantes y definitivas estrellas del universo de los medios. Con su maletín y su voz suave, con un tono casi maternal, sólo se preocupaba por transmitirnos su amor por los libros, su convencimiento de que, sin literatura, la vida es menos vida. Que sin leer, un periodista no es más que la sombra de un junta letras a sueldo.

En pocas ocasiones he visto a alguien que, como ella, en una sociedad tan hostil, tan preñada de desconfianzas, trampas y nubarrones oscuros, fuera capaz de mantener la sonrisa contra viento y marea. Que estuviera siempre dispuesta a compartir su optimismo, a regalarte un pedacito de su desbordante corazón, de nueve a dos y de cinco a ocho. Al fin y al cabo, no es más que una profesora universitaria, ¿no? De literatura, nada menos. ¿Acaso a alguien, en este maremágnum en el que nos batimos a dentelladas, le importa lo más mínimo la literatura?

Con el paso de los años, el jovencito que ella acogió en su regazo de páginas y palabras, terminó por convertirse en un proyecto de hombre, periodista de oficio casi siempre por accidente. Más cínico, más desengañado y con más retranca, es cierto. Más enamorado de los libros… también. En ese lapso de tiempo me regaló su amistad y el convencimiento de que, junto a la entrada destinada a la bondad, en el diccionario, la Real Academia debería adjuntar una fotografía suya de cuerpo entero.

En incontables ocasiones me regaló una palabra amable, un gesto cálido de apoyo, de ánimo. Una charla y una sonrisa cuando más falta me hacía, como un trago de agua fresca, cuando estás cansado de masticar arena. ¿Cómo demonios lo hace?, llegué a preguntarme. Poco después lo supe: lo de dar clases tan sólo es una manera de pagar las facturas. Desde siempre, el alma de la profesora se desperezaba de veras con la poesía. Tan evidente que hacía daño, porque sólo una poetisa puede sobrevivir en esta porquería de mundo. ¿Cómo no fui capaz de verlo? Sólo alguien como ella puede ver lo que a los demás se nos escapa. Sólo gente así puede atesorar libélulas, dejando intacta su hermosura. Desentrañar los arcanos sin dejar de sonreír está al alcance de unos pocos elegidos.

Un reducido grupo de afortunados asistimos a la presentación de su antología poética, recién salida del horno y editada por la Diputación de Salamanca. “Sólo me acarician alas” es su título. En la Plaza Mayor, en un acto breve, cuajado de afecto y amigos, tan fugaz, intenso y esclarecedor como cualquiera de sus poesías, a las que me pareció ver revoloteando por la sala, como libélulas perfectas. Al finalizar la presentación me acerqué a saludar. De nuevo, un aluvión de cariño desinteresado y agradecimiento sincero, por haber “perdido un rato” en su compañía. Parece no entender que la corriente de agradecimiento sigue el sentido contrario. Que es por los cazadores de libélulas como ella, por los que no abandono el barco y lo mando todo al carajo. Enhorabuena y gracias, Asun. Por todo.

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